Testimonio
del Teniente General D Martín Antonio Balza
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Ex - Jefe del Grupo de Artillería
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Ser un prisionero de guerra proporciona
una situación ideal para la reflexión. Hay tiempo
disponible y los pensamientos acuden en tropel a la mente que hasta
hace poco estuvo ocupada por entero en combatir y cuidar a los hombres
que uno tenía bajo su mando. Así discurría
yo en mis largas cavilaciones dentro del viejo frigorífico
abandonado en San Carlos, donde los ingleses nos tenían alojados
a un grupo de oficiales argentinos prisioneros. Nos acompañaba
la vecindad de dos bombas argentinas de 500 libras sin explotar,
incrustadas en el lugar. Y vaya si había cosas para pensar
en aquel momento, cuando la derrota militar nos presentaba la que
creíamos era su peor cara.
Un mes después, al regresar al continente descubriríamos
que lo peor nos esperaba en la forma de la indiferencia, cuando
no el mal trato de los superiores. Y también esa penosa sensación
de que la culpa se estaba buscando en los que combatieron, la misma
que en el mundo ya habían experimentado otros soldados tras
una derrota, como los norteamericanos que regresaron de Vietnam.
Pero fue en esas largas semanas de prisionero que, además
de preguntarme como cualquiera cómo lo estarían pasando
mi esposa y mis cuatro hijos (a la más pequeña todavía
no la conocía, había nacido estando yo en Malvinas)
empecé a poner en orden todos los sucesos que me habían
traído hasta aquí.
¡Qué atrás quedaron aquellos momentos iniciales
en que nos sacudió la noticia del 2 de abril!
Aquella mañana, a las 7.30 de ese viernes, había
llegado a mi oficina en el Grupo de Artillería 3 - GA 3
-, en Paso de los Libres, Corrientes, allí me enteré
de la recuperación de nuestras islas. La sorpresa de la
guarnición no fue nada comparada con la euforia que ganó
al poco rato las calles del pueblo; los autos daban vueltas a
la plaza tocando bocina. Compartí la alegría esa
mañana, pero para nosotros los militares era imposible
no pensar en lo que vendría y yo terminé la jornada
con esa preocupación.
Tres días después me dieron la orden de marchar
con mi unidad a Buenos Aires. Destino: desconocido. Probablemente
el Sur; otros decían Malvinas...
Lo que no olvidaré fue el espontáneo apoyo que la
gente de Paso de los Libres nos dio apenas corrió la noticia
de que el GA 3 había sido movilizado y se aprestaba a partir.
Como siempre, son los más humildes los que tienen más
a flor de piel el sentimiento solidario. Y aquélla no fue
una excepción. Bufandas, guantes, medias tejidas a mano
y tantas otras cosas les fueron entregadas a nuestros soldados
que estaban por marchar con destino incierto, pero a cumplir con
lo que les pedía la patria. Eso la gente lo tenía
bien claro.
Por eso es que cuando llegó la hora de la despedida, en
la estación del ferrocarril estaba todo el pueblo. Partimos
y en cambio no hubo ningún mando superior que nos saludara,
ni mi comandante de Brigada, ni qué decir el comandante
del Cuerpo de Ejército. Para mí y mis soldados tampoco
hubo ni siquiera un llamado telefónico de despedida de
los altos mandos. Arrancó el tren y salimos, sólo
acompañados por los aplausos y los vítores de la
gente que nos deseaba buena suerte y las lágrimas de nuestras
esposas e hijos. No lo sabíamos oficialmente, pero partíamos
hacia la guerra y como suele suceder, alguno no volvería,
algo que hasta en un pueblo de paz como el nuestro, la gente no
ignora y por eso estaban allí.
En el andén de la estación que se fue quedando atrás
aquella noche del viernes 9 de abril, muchos de nosotros dejábamos
nuestros mejores afectos. En lo personal, allá quedaba
mi esposa María Inés, esperando nuestro cuarto hijo,
que nacería el 22 de abril y a quien yo recién conocería
tres meses después...
En el tren: un repaso a la instrucción
El largo trayecto entre Libres y Buenos Aires y, cambio de tren
mediante, Buenos Aires a Bahía Blanca lo aprovechamos para
perfeccionar algunos aspectos de la instrucción, a pesar
de que oficiales, suboficiales y soldados llevaban quince meses
de adiestramiento juntos. Mientras se robustecía en mí
la convicción de que fuera cual fuese la situación
debíamos estar preparados para la máxima prueba
del combate, compartía con mis oficiales y suboficiales
la preocupación por tener a la gente en el mejor nivel
de aptitud. Esa era, ocupándonos del equipo y las cosas
prácticas, la mejor manera de alejar la incertidumbre que
nos acosa siempre que se avecina una instancia desconocida. Casi
no prestamos mucha atención a la euforia de Plaza de Mayo,
que escuchamos por la radio en un momento del viaje. Teníamos
conciencia de que no íbamos a un desfile.
Que ese estado de conciencia no era igualmente compartido por
otra gente, empezaría a descubrirlo pronto. A nuestra llegada
a Bahía Blanca y mientras mi unidad procedía a descargar
sus bagajes, me presenté en el Comando del Quinto Cuerpo.
Me recibió el segundo comandante, quien para mi sorpresa
me preguntó:
-¿Qué hace usted aquí?
-¡Si usted no lo sabe! - le respondí.
Regresé adonde estaba mi gente haciendo un esfuerzo para
disimular la contrariedad que me había producido hallar
tan poca consistencia en la superioridad y convencido más
que nunca de que teníamos que preocuparnos nosotros mismos
por hacer las cosas bien.
Horas después llegó la orden desde Buenos Aires.
Teníamos que cruzar a Malvinas con nuestro Grupo de Artillería.
La realidad se imponía vertiginosamente.
Vamos a la guerra
Empezó una carrera contra reloj para tener todo el equipo
acondicionado para el transporte que, de acuerdo con las órdenes
recibidas, iba a ser aéreo. Sólo dispondría
de cinco aviones para embarcar las piezas de artillería
y los hombres. De ellos sólo tres eran transportes Hércules
C-130 de gran capacidad y aptos para el material pesado.
Ya que no podría pasar la unidad al completo a Malvinas,
lo primero fue seleccionar a la gente que "daría el
salto". De eso me ocupé personalmente, lo mismo que
de otra tarea que entendimos teníamos que hacer antes de
partir. Era la última oportunidad disponible de comprar
las cosas que no teníamos, que no nos habían sido
provistas y que íbamos a necesitar seguramente en las islas.
Con dinero personal que tenía ahorrado adquirimos toda
clase de comida en latas, especialmente corned beef, paté,
picadillo y duraznos al natural. Otro tanto hicimos con las pilas
para las linternas y las radios que no nos podían faltar.
Y a todo ello agregamos un elemento que la experiencia de salir
al terreno nos marcaba prioritario: telas de plástico,
muchos metros de ese material para diverso empleo, tan útil
para poner a salvo de la lluvia y la humedad las cosas como para
impermeabilizar nuestras propias posiciones. Eso, como los alimentos
que previsoramente embarcamos, lo pagué, reitero, con dinero
propio.
¡Y lo bien que nos vino hacerlo! En toda la campaña
nunca tuve la suerte de que me entregaran una ración de
las preparadas en el continente.
Finalmente, todo estuvo estibado a bordo de los aviones y cruzamos.
Sobrevolamos el mar sin mayores alternativas y arribamos a la
pista de Puerto Argentino a las 3.30 de la madrugada del 13 de
abril. Mi primera impresión fue la de un caos total, la
desorganización reinaba en la capital de nuestro archipiélago
recién recuperado.
"Hablemos en serio"
Nuestros primeros días en el sector que se nos asignó
fueron de intensa tarea. Trabamos contacto con la naturaleza del
suelo malvinero, la turba, las rocas aflorando y en general la
blandura permeable y el afloramiento de agua a poca profundidad.
Empleamos una retroexcavadora y construimos las posiciones de
las baterías. "Como jode El Flaco con las fortificaciones"
fue una frase muy oída en esas primeras jornadas. Después,
al irse haciendo veteranos, serían mis propios soldados
los que se preocuparían por fortificar bien cada posición.
Sé que lo que menos les gustó todavía fue
cuando ordené construir más posiciones pero esta
vez simuladas, en distintos lugares. Sin embargo después,
cuando la batalla nos envolvió en su fragor, se valoraría
lo realizado.
El caso es que, una vez instalados, me presenté al comandante
de la Agrupación Ejército Puerto Argentino para
formularle un requerimiento. Le pedí que gestionara el
envío de artillería de 155 mm, como los cañones Sofma que tenía el Ejército. Mi argumento era sencillo:
los Oto Melara de 105 mm. de que disponía mi unidad apenas
alcanzaban a los 10.200 metros, en tanto que los Sofma podían
poner un proyectil de mayor calibre hasta a 20.000 metros. Como
vio que me quedaba esperando una respuesta, o al menos una opinión
suya, el señor general expresó:
-¡Hablemos en serio! ¿Usted cree que habrá
enfrentamiento con los ingleses?
Le contesté con un lacónico: -¡Sí!
Una tensa espera
A pesar de la cháchara de los improvisados estrategas que
a veces oíamos por radio y de la poca seriedad con que
algunos que debían ser serios tramitaban las cosas de la
guerra, lo cierto es que nos estábamos encaminando al choque
armado.
Las visitas de los generales Galtieri y Nicolaides a las islas
no trajeron cambio alguno en la situación de improvisación
en que se debatía la guarnición que debería
defenderlas del ataque británico en ciernes.
Por mi parte, yo era uno más de los que cada día
se convencían de lo insensato de la guerra que se avecinaba.
Comprobaba asimismo que la falta de previsión no inquietaba
a la mayoría de los altos mandos en el continente.
No hacía falta ser un genio para comprender que encerrados
en las islas, sin dominio del mar y sin dominio del aire, no íbamos
a tener mucha chance de vencer.
Seguimos oyendo imbecilidades. Como que "los barcos ingleses
no van a llegar hasta aquí", o "ellos creen que
éstas son unas islas caribeñas" o "van
a llegar mareados y sin aptitud para combatir" o eso de que
"los norteamericanos están con nosotros y no se van
a meter". Estas pavadas formaron parte de la pésima
acción psicológica que llegaba desde el continente
mediante panfletos y caricaturas.
Después, cuando se sabía que ya estaban los barcos
en el Atlántico Sur, se insistía: "sí,
pero no van a intentar un desembarco porque no traen suficiente
gente y sufrirían muchas pérdidas..."
Entretanto, la desastrosa comunicación institucional aplicada
por el Estado Mayor Conjunto rendía los resultados de esperar,
contribuyendo tanto a la confusión de los propios como
al lucimiento de los adversarios.
No es éste el lugar para una crítica pormenorizada
de estos temas, pero no es fácil pasarlos por alto cuando
uno se ubica en aquellos días previos a la batalla. El
caso es que hubo una hora de un día en que todas las especulaciones
que se venían abarajando, con fundamento o disparatadas,
llegaron a su fin.
Fue a las 4.42 de la mañana del 1º de mayo de 1982,
cuando un alerta nos sacudió.
-¡Atacan el aeropuerto!
Con ese bombardeo británico sobre Puerto Argentino y la
Base Aérea Militar Cóndor se iniciaron las acciones
bélicas. Los antecedentes políticos que condujeron
a eso pasaban a ser historia antigua. Ahora eran los cañones
los que tenían que hablar.

La hora de la verdad
Los ingleses desembarcaron en las islas tres grupos de artillería.
El número de piezas con que contaban oscilaba entre 54 y 60,
porque cada grupo de artillería tiene tres baterías de
tiro y cada de esas baterías, seis piezas. La cuenta da 54, pero
después comprobamos que algunas baterías las tenían
armadas con ocho piezas, por lo cual podían haber llegado a disponer
de 60.
Cuando llegó la hora de la verdad, el combate, los duelos de
artillería fueron intensos y muy prolongados. Tratábamos
de neutralizar al enemigo, es decir que sus piezas estuvieran inactivas,
lo que dependía únicamente de la cantidad de fuego que
les hiciéramos llegar.
Los ataques comenzaron a incrementar su intensidad a partir de los primeros
días de junio. De los ingleses recibíamos intenso fuego
de artillería, de campaña y naval, así como ataques
de sus aviones. Participamos en acciones de apoyo a nuestras patrullas
de las Compañías de Comandos 601 y 602 que en repetidas
oportunidades incursionaron en territorio ya ocupado por el enemigo.
Ese apoyo de nuestra artillería se hizo en forma muy coordinada,
ya que entrañaba un gran riesgo para los comandos. Ellos mismos
pedían, para poder entrar más en el dispositivo enemigo,
que realizáramos el fuego adelantado muy cerca de ellos. Lo hicimos
con éxito y nunca causamos bajas propias, pero creo que esto
nos ponía más nerviosos a nosotros que a los mismos comandos,
que se estaban batiendo con las tropas de élite británicas,
los integrantes del Special Air Service -SAS-.
El fuego contra baterías inglesas y sus tropas comenzó
a hacerlo una de mis baterías, que estaba sensiblemente orientada
hacia el oeste. Como respuesta, fue recibiendo un cada vez más
graneado fuego enemigo, que la obligó a realizar diferentes cambios
de posición.
A partir de ese momento, comenzó también una dramática
cuenta regresiva para nosotros; éramos conscientes de que cada
disparo que hacíamos no era repuesto. Teníamos todavía
una cantidad considerable de municiones, pero disminuía. Una
de mis subunidades, que fue la que tomó contacto primeramente
con el enemigo, en uno de esos cambios de posición ya estaba
aproximadamente a cuatro kilómetros al oeste del ex cuartel de
los Royal Marines, es decir Moody Brook, a unos 9 kilómetros
de Puerto Argentino.
El Almirante Otero comentó después que había observado
desde su posición que un intenso fuego inglés prácticamente
había aplastado el accionar de esa batería de mi unidad
y, temiendo lo peor, pidió dos ambulancias para mandarlas allí.
Sin embargo, su sorpresa fue grande cuando, al disiparse la polvareda
y el humo de los disparos británicos, vio como hormiguitas que
salían, ocupaban sus puestos, contestaban el fuego y volvían
rápidamente a sus pozos. Nuevamente la respuesta inglesa, y otra
vez a salir apurados los argentinos a contestar el fuego y a sus pozos.
Esto se repitió por casi 30 minutos.
Cuando me lo comunicaron, concurrí al lugar y acababa de cesar
el fuego inglés, ya que mediante el uso de helicópteros
estaban desplazando esa batería a otra posición. Dios
había estado de nuevo con nosotros; casi no hubo bajas. Pero
fue un milagro porque varias cajas de repuestos que estaban a un metro
de los refugios de los servidores de esas piezas habían sido
destrozadas por los impactos.
Mucho mérito tuvo allí el teniente primero Tessey.
El HMS "Glamorgan"
Mientras continuaban las acciones de las baterías, se había
implementado un equipo de trabajo orientado a localizar buques ingleses.
En la noche del 11 de junio los radaristas de mi unidad, trabajando
en conjunto con personal de la Armada, localizan en forma efectiva un
buque. Se trataba de la misma nave que noche tras noche venía
cañoneando nuestras posiciones y se acercaba hasta lo que consideraba
el alcance de nuestra artillería. Nunca soñaron con que
podríamos llegar a alcanzarlos con un disparo, pero no contaban
con el ingenio criollo. Esta acción es una de las grandes en
la historia detallada de lo que los argentinos hicimos en la guerra.
Y fue una acción conjunta, en la participamos en integración
total el Ejército (GA 3) con nuestra Armada. Se disparó
un Exocet MM-38 montado sobre un chasis de camión y esa noche
quedó fuera de combate el crucero HMS "Glamorgan".
Los combates finales
Esa misma noche del 11, se produce el ataque inglés a nuestras
posiciones en los montes Dos Hermanas, Harriet y Longdon. El enemigo
tenía una gran capacidad de ataque nocturno.
Nuestras tropas, el regimiento de Infantería 4 y una fracción
del 7, resisten. Son rodeados por el enemigo, que concentra un gran
poder de fuego y se produce la caída de esas posiciones.
En el monte Longdon pierdo un observador adelantado, el Teniente Ramos.
En el último enlace radioeléctrico que realizó
conmigo me había dicho que el cerro estaba totalmente rodeado
y que iba a tratar de localizar y pedir fuego propio. Era de noche y
prácticamente era muy difícil individualizar al enemigo.
Simultáneamente, mientras rodean al Longdon, los ingleses tratan
de neutralizar nuestra posición. Nos sobrevolaban helicópteros
a poca distancia y eran los que sin duda reglaban el fuego de los barcos.
Finalmente, nuestras posiciones caen. En su último enlace, el
Teniente Ramos me dice que está completamente rodeado y no puede
dirigir el tiro, que intentará replegarse. Poco después
su auxiliar, que sí logró hacerlo, me dijo que el teniente,
herido en una rodilla, había muerto combatiendo, respondiendo
al avance inglés con una ametralladora que había logrado
tomar. Ese día fue realmente penoso para mí. Además
del teniente Ramos, en el monte Harriet tenía como enlace y observadores
a otros tres hombres y los tres desaparecieron. Posteriormente, en el
campo de prisioneros, me reencuentro con uno de ellos y, después
de abrazarnos él nota que temo preguntarle por la suerte de sus
compañeros y me dice: -No se preocupe, los otros están
bien y rumbo al continente.
Aquella noche del 11 de junio, los ingleses nos disparaban simultáneamente
con artillería naval y terrestre. Se hizo un intenso fuego de
iluminación. Tanto, que el teniente Ramos durante su enlace radial,
antes de morir, me dijo: -Esto es un infierno. Hay granadas de iluminación
nuestras y de los ingleses. Se escuchan gritos desaforados por todos
lados.
La batería nuestra, que estaba operando detrás de las
líneas del Longdon, vino a quedar en el frente mismo. Cuando
amaneció el 12 tuvimos que empezar un cambio de posición
que nos llevó muchas horas para reintegrarla al resto de la unidad
que estaba al sur de Puerto Argentino. Cambio de posición que
fue dificilísimo, ya que se hizo pieza por pieza bajo el intenso
fuego enemigo. Para colmo, teníamos un solo vehículo ya
que de los tres de que disponíamos para arrastrarlas, dos habían
quedado inutilizados. Finalmente, quedó tirando la última
pieza y pudimos luego replegarla. Mientras realizábamos esta
operación, nuestras restantes baterías y las del Grupo
de Artillería Aerotransportado 4, trataban de favorecer nuestro
repliegue haciendo fuego contra la artillería inglesa.
Desde nuestras nuevas posiciones vimos claramente que los helicópteros
de ellos se acercaban transportando piezas de artillería. Abrimos
fuego y logramos derribar uno. Obligamos así al enemigo a desplazar
las piezas a otro lugar.
Todo era sumamente riesgoso, las decisiones debían tomarse velozmente
y las tomamos. Las misiones de fuego siguieron.
Con las primeras luces del día 13, ya el enemigo dominó
las colinas próximas a Puerto Argentino y centralizó toda
su acción sobre un sector defendido por el Batallón de
Infantería de Marina 5 y por el Regimiento de Infantería
7. Ese combate, que fue de los más intensos, duró todo
el día 13 y la noche del 13 al 14.
El Grupo de Artillería Aerotransportado 4, que estaba más
al oeste que el mío, llegó prácticamente a tener
el enemigo a la vista. Combatieron hasta que no tuvieron más
munición y las piezas quedaron enterradas en el barro, prácticamente
inoperables. Mientras que nosotros, en el sector que defendíamos
teníamos un piso algo más firme.
Ese día 13 yo cumplía 48 años. Fue entre la una
y las dos de la tarde que soportamos el fuego más intenso de
la artillería inglesa. La peor "lluvia de proyectiles"
(fuego de contraartillería) duró más de media hora
y se centralizó en el punto donde tenía mi puesto de comando
y en las cercanías de la batería "Ala", a cargo
del Teniente 1ro Caballero. Dos proyectiles explotaron sobre nuestro
puesto, que era un contenedor forrado con tambores llenos de tierra.
El estampido fue tremendo y pareció que habían explotado
adentro.
Cuando se inició ese ataque estábamos fuera del contenedor.
Con algunos soldados y suboficiales buscamos refugiarnos, pero uno no
lo logró y quedó tendido en el suelo. Cuando fuimos a
auxiliarlo vimos que estaba muerto, lo había matado la onda expansiva.
Era el cabo 1ro Quispe.
Momentos después de que cayeran los proyectiles sobre nuestro
contenedor me habla por teléfono el comandante de la Agrupación
Ejército, General Jofre, quien por supuesto veía cómo
estábamos siendo sometidos a un violento bombardeo inglés.
Me pregunta cómo andan las cosas.
-¡Hasta ahora bien -le dije- pero debo reconocer que estos ingleses
no me están festejando muy bien el cumpleaños!
-¡Feliz cumpleaños y mucha suerte! - fue su respuesta.
Como estábamos en red con las demás unidades, al rato
todos los jefes que escucharon me hicieron llegar su saludo así,
en medio del combate. Y ahora reconozco que al fin del día pensé
que había sido feliz, porque después de tanto cañoneo,
a excepción del Cabo 1ro Quispe, no tuvimos bajas fatales pero
sí muchos heridos. Cuando disminuyó la intensidad del
fuego inglés, fui hasta la batería "Ala", que
estaba a 200 metros y me parecía imposible que con el fuego de
contraartillería recibido no hubiésemos tenido más
bajas.
Fue esa misma noche, que allá en el continente oímos que
las radios de Buenos Aires se lamentaban amargamente de que nuestra
selección nacional de fútbol, participando del Mundial
en España, hubiera perdido por 1 a 0 el partido con Bélgica.
Epílogo
Y volvemos al comienzo de esta historia. Estar prisionero durante ese
último mes me facilitó la digestión de la masa
de acontecimientos que nos había tocado vivir. A las lágrimas
de bronca le siguió ese tiempo de reflexión y, aunque
entonces no tuve conciencia clara de ello, hoy sé que fue allí
donde empecé a dar forma a mis ideas de qué clase de Ejército
debíamos tener para que no nos volvieran a ocurrir cosas como
las que estábamos viviendo.
Por cierto, lejos estaba entonces de imaginar que el destino me daría
un día la oportunidad de poner en práctica muchas de esas
ideas, nacidas de la experiencia de tantos años de servicio y,
muy especialmente, de esa triste guerra. Pero sin saberlo, lo deseaba
interiormente; quería por sobre todas las cosas estar a la altura
de aquellos soldados que había visto pelear con honor y morir
con decoro.
El ejemplo de ellos es lo que nos compromete como veteranos. Haber combatido
es nuestro orgullo. Como también es hoy la mejor razón
que tenemos para amar la paz.
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Texto extraído del libro "Así peleamos
Malvinas - |
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