CAPITULO LIII - PARA NOSOTROS SOBRABA

Comodoro (R) Carballo Pablo Marcos

Compendio de “Dios y los Halcones” y “Halcones sobre Malvinas”,
del mismo autor

 CORDOBA, AGOSTO DE 2004

 CAPITULO LIII - PARA NOSOTROS SOBRABA

Hubo varios días en que la meteorología impidió la operación tanto de los aviones ingleses como propios,
con excepción de uno, el Pucará, que por su maniobrabilidad, amplia gama de velocidades y por
sus pilotos, siguió combatiendo. Para ellos, unos pocos metros de altura de nubes (techo) sobraba.

Relata: 1er.Teniente Micheloud --Piloto de Pucará

Puerto Argentino: Día 28 de Mayo de 1982 - 16:30horas.

Durante el día nos precedieron varias misiones, todas en las proximidades de Darwin y Ganso Verde. La situación para nuestras tropas era delicada.
Se nos ordenó salir al atardecer y por la luz que había debíamos ser los últimos de ese día. El cielo estaba gris, casi totalmente cubierto y el techo no excedería los ciento cincuenta metros, aunque nunca llegaríamos a tocarlo: para nosotros, sobraba.

Nuestra misión consistía en dar apoyo de fuego directo a nuestras fuerzas terrestres. Se nos ubicó el blanco como muy próximo a la Base "Cóndor" y las últimas indicaciones nos serían dadas en el momento de nuestra entrada.

Mi armamento consistía en bombas, cohetes, cañones y ametralladoras y el de mi numeral, el Teniente Cruzado, igual pero sin bombas.

Menos de veinte minutos después de nuestro despegue nos esperaba el escenario de nuestro combate. Volábamos tan bajo que hasta dudábamos a veces de la distancia a ese suelo tan conocido, aunque teníamos una buena referencia: las ruinas humeantes de la Escuela de Pradera del Ganso.

Nuestra aceleración final nos desconcertó por no hallar al grueso del enemigo; sólo minúsculas fracciones que se desplazaban en el terreno, pero no constituían en sí ningún blanco rentable. En realidad lo que había ocurrido era que el frente se había desplazado inexorablemente.

Tuvimos indicaciones más precisas por VHF y luego de dar un rodeo por la retaguardia enemiga entramos por su flanco, desde el noroeste, pegados al agua desde el extremo del canal y con viento de frente; intentamos ocultar el ruido de nuestros motores que se nos adelantaba, tratando de aumentar nuestra sorpresa. Cuando la distancia lo permitió, comencé a abrir fuego de cañones sobre las posiciones enemigas, que disparaban de manera infernal. Debía pasar sobre ellas para dejar caer mis bombas: metros interminables, tarde gris mezclada de humo, ruinas humeantes, figuras que desaparecían en el terreno, trazantes que salían de todas partes. Solté mi carga donde antes había visto mi blanco. Sentía los impactos en mi avión y me pegué aún más.

Puse un poco de viraje para ver mis bombas: habían salido y las columnas de humo me reconfirmaban que si.

Comencé a llamar a mi numeral. Lo hice varias veces y me contestó el control que lo habían visto eyectarse sobre las líneas enemigas.

Se encendían las luces de alarma sobre mi tablero; el motor se tenía que detener... Lo dejé hacer y siguió funcionando. Escuché la voz amiga de un helicóptero propio que me decía que cubriría mi retorno, lo que me infundió confianza. El motor funcionó hasta mi arribo. Otra vez mi Pucará no me había fallado.