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CAPITULO XLVIII - EL RESCATE DEL HIENA

Comodoro (R) Carballo Pablo Marcos

Compendio de “Dios y los Halcones” y “Halcones sobre Malvinas”,
del mismo autor

 CORDOBA, AGOSTO DE 2004

 CAPITULO XLVIII - EL RESCATE DEL HIENA

Este es un Capítulo dedicado a nuestras "palas",
nuestros queridos helicópteros, que tantas vidas
salvaron, en manos de sus valientes pilotos.

Relata: Teniente Brea -Piloto de helicóptero Bell 212


Puerto Darwin y Pradera del Ganso habían caído en manos del invasor, pero unas horas antes, cuando sus morteros buscaban nuestros helicópteros en tierra y después de soportar durante toda la noche el bombardeo naval, se nos ordenó el despegue con nuestros Bell 212 hacia Puerto Argentino.
Nuestro problema ahora era, ¿por dónde?,ya que al haber sido tomadas las estribaciones y campos aledaños, carecíamos de información.
La "Base Aérea Militar Cóndor" tenía en funcionamiento una "Red de Observadores del Aire"; formada por pequeños grupos que, discriminados en las heladas praderas, se comunicaban con la central de comunicaciones de la Base, informaban por radio los movimientos enemigos en las proximidades, especialmente en lo que se refería a aviones enemigos que se dirigían hacia la misma, o sea que la R.O.A. nos colocaba en "alerta roja".
Una vez arribado, se me ordenó que debía cumplir una misión especial relacionada con la R.O.A..Era una misión de rescate, para recuperar a los hombres del puesto cuyo nombre clave era "Hiena", quienes se mantenían escondidos en un pozo, tres días después de haber caído "Pradera del Ganso" en manos del enemigo. No tenían alimentos, su escondite estaba cubierto de nieve, los helicópteros enemigos los buscaban permanentemente, pero no se rendían.
Sólo les quedaba un poco de batería para su transmisor.
Solicitamos que por ese medio traten de avisarles que caminen durante la noche alejándose de las tropas enemigas, lo que facilitaría el rescate. Esto resultó imposible, pues dos de los tres hombres presentaban síntomas de congelamiento en sus extremidades inferiores.


¡ Debíamos sacarlos de allí !

Cuando analizamos las posibilidades de éxito, todo parecía un mal negocio, arriesgábamos cuatro hombres y un helicóptero para tratar de sacar a tres rodeados por los ingleses; pero nuestros pilotos, adiestrados para el combate, sabían que no tres, sino un sólo hombre justificaba cualquier riesgo.
Salimos en un día horrible, con una niebla que no se veían ni las manos, de acuerdo a lo solicitado el día anterior a Dios, para evadirnos de los aviones enemigos, ante quienes éramos una indefensa presa.
En algún pozo cubiertos por una manta endurecida como una tabla por el hielo, medio congelados y temblando de frío, tres hombres rezaban y esperaban.
Sabíamos que en las alturas había misiles de aviones, y en las sierras misiles tierra-aire (que se tiran desde tierra), pero seguíamos.
Esquivamos las elevaciones, con los esquíes del helicóptero "rozando el suelo".
Debíamos recorrer 70 kilómetros para encontrar al R.O.A. Nº 7 de Puerto Argentino, en donde nos darían más información sobre el rescate; luego seguíamos adelante.
Desgraciadamente, la niebla se disipó rápidamente y en minutos pudimos disfrutar del vuelo, en una hermosa mañana, en la que, para nuestra desgracia, había, una nitidez que permitía ver a gran distancia. Nuestro "Bell" comenzó a "arrastrarse", siguiendo las ondulaciones del terreno.
La chapa de nuestra máquina nos parecía un inmenso espejo de señales, que reflejaba hacia los cuatro puntos cardinales, delatando nuestra posición.
Pensamos en regresar para intentarlo al atardecer, pero quizás ellos para esa hora estarían muertos.
Evitamos las casitas o estancias por posibles "soplones".
Primer infarto, el artillero nos informó que a la derecha y algo atrás, tenía a la vista dos estelas blancas en el cielo; era una PAC (Patrulla Aérea de Combate Inglesa). Buscamos la hondonada más profunda y nos "zambullimos" allí, permaneciendo en vuelo estacionario (en el aire pero sin movimiento de traslación). Si las estelas desaparecían, era porque nos había visto e iniciaban el descenso. Siguieron hacia San Carlos.
Continuamos.
Llegamos al R.O.A. 7 (Puesto de observación aérea), el que nos costó encontrar por estar muy bien disimulado en el terreno, y después que ellos se aseguraron que nuestra "Pala" era amiga.
Allí nos informaron que el "Hiena" se encontraba a unos 20 kilómetros hacia el Oeste.
Instantes después, escuchamos una comunicación de los hombres a rescatar, que decían estar todos vivos.
Salimos a buscarlos en enlace de radio permanente; sabíamos que las patrullas de Sea King ingleses, armados con misiles, patrullaban la zona.
Normalmente, uno evita mencionar la palabra miedo, se le da otro nombre, se usa otro término que no expresa el real significado. Nosotros tentamos ¡miedo! en esos momentos, y con mayúsculas, el que aumentaba a medida que disminuíamos la distancia al punto.
Nuestros hombres y helicópteros, habían volado ya más de 400 horas sobre nuestras islas sin sufrir bajas, pero era darle horas extras al Señor, el que todo siguiere así, más aún cuando nos metimos en la mismísima boca del lobo.
Pese al miedo, debíamos arriesgar nuestras vidas, para salvar vidas, teníamos tres congelados, motivo que nos hacía vencerlo.
Una comunicación nos sobresaltó y nos sacó de nuestros pensamientos
- ¡ Pala- Hiena, Pala – Hiena! no se acerquen ahora que tenemos a dos "Sea King " volando sobre nosotros.
Estamos muy cerca, agudizamos la vista y los vimos, eran dos puntitos negros adelante.
Estábamos volando sobre el canal que divide a la isla Soledad en dos, casi de Sur a Norte; nos estacionamos sobre su costa, a unos tres kilómetros del puesto, a sólo dos minutos de vuelo.
Nos comenzó a preocupar el combustible, ya que no queríamos detener motores, pues el no lograr ponerlos en marcha nuevamente en esas condiciones, hubiera sido letal; y no sabíamos cuanto tiempo permanecerían allí los Sea King merodeadores.
Por los auriculares escuchábamos al "Hiena" que en un susurro nos relataba lo que pasaba, mientras nosotros controlábamos el tiempo con el indicador de combustible y no con el reloj.
Por fin nos llegó una corta comunicación:
-¡Ahora!
y hacia allí salimos.
No habíamos volado más de 30 segundos cuando el “Hiena” comenzó a gritarnos

– ¡Vuelvan! -¡vuelvan!.
Mientras cambiábamos desesperadamente el rumbo los volvimos a ver; llevaban suspendidos en sus vientres unos contenedores especiales que se utilizan para minar grandes zonas desde el helicóptero. Regresamos a la posición anterior.
— No los vemos pero los escuchamos.
— Ya no los escucho, esperen que miro.
— ¡ Se fueron!
Hacia ellos saltamos con nuestra "pala".
— Los escucho a ustedes.
— Se están pasando ... vuelvan por izquierda.
Abajo, veíamos sólo nieve.
— Ya casi están.
Avanzamos lentamente y un trozo de nieve comenzó a moverse, era una manta helada, luego una mancha oscura y de allí salió un hombre que, ayudado por otro vino hacia nosotros.
Nuestro helicóptero, con su pala en movimiento, levantaba una nube de nieve, que podía verse desde lejos.
Subimos al primero, luego al segundo y el tercero casi arrastrándose llegó hasta los esquíes, se colgó de uno de ellos y levantamos mientras, un poco de la ropa y otro del pelo, tratábamos de meterlo adentro.
Pasamos cerca del R.O.A.7 y le dijimos:
— Sin problemas.
En su respuesta noté una gran alegría.
Ya lejos de la "zona caliente", reparamos en el aspecto de esos tres hombres; -en sus rostros y su vestimenta se leían cada uno de los sufrimientos padecidos, por cumplir con su misión hasta las últimas consecuencias, aislados, solos, helados, mantenidos sólo por su decisión de NO RENDIRSE. Pero a través del frío, el dolor, la suciedad y la nieve, se advertía un gesto de orgullo y una profunda mirada de agradecimiento hacia nosotros.
Los bombardeamos a preguntas, a los gritos por el ruido del motor. Entre otras cosas les preguntamos porqué susurraban, si los pilotos de los Sea King no los podían escuchar, y nos contaron que la puerta del refugio estaba helada, que no sabían si también los buscaban por tierra.
A medida que nos acercábamos a Puerto Argentino, nos invadía esa hermosa sensación de satisfacción que nos daba la seguridad del deber cumplido y de que los padres de ese Alférez y esos dos Soldados, los volverían a besar en el futuro.
Ya en tierra, y luego de un interminable abrazo con los miembros del Escuadrón, obsequiamos a los tres "Hienas" nuestro escudo; el que lucieron en el brazo como muestra de agradecimiento, hasta su regreso al continente.


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