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CAPITULO XXXIV - VOLUNTAD DE VIVIR

Comodoro (R) Carballo Pablo Marcos

Compendio de “Dios y los Halcones” y “Halcones sobre Malvinas”,
del mismo autor

 CORDOBA, AGOSTO DE 2004

 CAPITULO XXXIV - VOLUNTAD DE VIVIR


“...que el hombre es capaz de hacer cosas muy superiores a las que se cree capaz, pero para ello hace falta la ayuda de Dios.”, dijo el Capitá n Velasco, quien caminó tres días y dos noches en Malvinas, sin detenerse entre la nieve y el viento, para no morir congelado.

Relata: Mayor Puga - piloto Mirage V Dagger

Día: 24 de Mayo de 1982.

La Fuerza Aérea Argentina en su bautismo de fuego, operó sobre la Fuerza de Tareas Británica, que tenía como objetivo la reocupación colonial de nuestras Islas Malvinas; fue entonces, saliendo desde el continente cuando se producen las primeras acciones bélicas.

Fue en una de estas misiones, a bordo de un avión Mirage V “Dagger”; conjuntamente con el Capitán Díaz y el Teniente Castillo, quien cayó para siempre en las aguas malvinenses en cumplimiento de su juramento; cuando próximos al estrecho de San Carlos fuimos interceptados por aviones Harriers.

La superioridad numérica, la sorpresa, el misil Sidewinder y nuestra escasez de combustible para presentar combate, cuatro factores que pesaban sobre nosotros en esos días; hicieron que el enfrentamiento fuese totalmente favorable al enemigo Volábamos rasante sobre las olas; en ese momento, vi explotar el avión de Castillo y simultáneamente sentí el impacto del misil; traté de ganar altura, cuando al tirar la palanca hacia atrás, vi que mi avión comenzaba a invertirse.

Luego de incendiarse perdió un ala, por lo que decidí eyectarme en forma inmediata, cuando tenía una inclinación de 90° y la trayectoria de salida se hizo paralela a las olas.

En ningún momento perdí el conocimiento.

Recuerdo que posterior al tirón de apertura del paracaídas sentí el toque con el agua. La primera sorpresa fue encontrarme con vida, por lo que agradecí a Dios. El segundo paracaídas, el personal, comenzaba a abrirse sin lograr extenderse totalmente, cuando empecé a perder velocidad cayó sobre mí, lo que me puso en una situación difícil.

Las olas eran muy grandes, pero al ver que no rompían sobre mí y que me mantenía a flote, recuperé la calma.

Luché por deshacerme de los arneses y cuerdas, antes que el paracaídas y su velamen al empaparse se hundieran, arrastrándome al fondo del mar.

Dios me ayudó, pues si se hubiese desprendido el asiento que amortiguó el impacto, al tocar el agua me hubiese destrozado contra la superficie, por efecto de la velocidad.

No pude utilizar el desconector rápido para liberarme, por haberse enredado algunas cuerdas y vi la necesidad de desprender el bote del chaleco de supervivencia para sacar algunas cuerdas que estaban entre mi cabeza y el bote.

En ese momento comencé a hundirme, pues el velamen del paracaídas se había empapado, por lo que enrollé las cuerdas en mi brazo izquierdo para lograr que el bote se mantuviera a flote, desprendiéndose solas y pudiendo liberarme de los arneses.

Igualmente me volvía a sumergir pues algunas de las cuerdas continuaban enredadas en el bote de modo que lo solté, quedando únicamente con mi traje antiexposición que me resultaba muy útil ya que el frío era insoportable.

Luego de quitarme la máscara de oxígeno y el casco, inflé el chaleco salvavidas notando que una de sus partes se había destrozado por efecto de la eyección, por lo q ue se infló parcialmente, aunque me daba flotabilidad.

Decidí quitarme el anti "G" aligerando peso para poder nadar y también las botas, esto último me resultó imposible.

Cuando las olas me elevaban pude ver un cerro en la Isla de Borbón y comencé a nadar hacia allí. Observé el reloj, había quedado detenido para siempre a las 11:08, hora de mi eyección.

Sin poder precisar el tiempo transcurrido, mientras nadaba sin meter la cabeza bajo el agua recuerdo que vi pasar sobre mí varios aviones “Dagger” y “Harrier” .

Hacia media tarde vi que el cerro hacia donde me dirigía comenzaba a deslizarse hacia la derecha por lo que deduje que una corriente me estaba arrastrando hacia el este. Esto me preocupó, por lo que traté de aumentar mi velocidad nadando estilo "crowl", al meter la cabeza bajo el agua me desvanecí a causa del intenso frío. Me puse en manos de Dios, encomendándole mi espíritu y le pedía que protegiera a mi esposa y a mis hijos; creyendo que había llegado mi hora...

No sé cuanto tiempo después, recuperé el conocimiento y mientras miraba hacia la costa el mundo comenzaba a aquietarse después de todos los toneles (maniobras de acrobacia) que había hecho mentalmente, decidí no meter la cabeza bajo el agua.

Hacia la tarde divisé un puerto, era Bahía Elefante o Calderón. Había perdido de vista el cerro hacia el cual iba. Entre uno y otro lugar había sido arrastrado a una considerable distancia.

Me di cuenta que había cambiado la corriente y volví a desplazarme hacia la derecha para tener a la vista el cerro nuevamente. Estimé que ya eran las 17:15 horas, ya que en las Islas Malvinas comenzaba el crepúsculo a esa hora y anochecía media hora después. Ya llevaba más de seis horas nadando y tenía la costa mucho más cerca, por lo que agradecí a Dios.

Comencé entonces a planificar mi salida del mar, derivando hacia una playa. Más tarde me enteraría que allí desembarcaron comandos ingleses que atacaron la Base Elefante, destruyendo aviones Turbo Mentor y Pucará. Me resultó imposible salir por mis escasas fuerzas y porque también dependía de los caprichos de las corrientes marinas.

Intranquilo por el ruido de las olas al romper contra las rocas comencé a nadar de espaldas, para ver cuando venían las olas; tomando con ambos brazos mi cabeza para tratar de darle protección, evitando un golpe infortunado. Así pasé un rato, tragando bastante agua debido a que próximos a la playa flotaban los tradicionales "kelpers" (algas marinas de las que reciben su nombre los habitantes de Malvinas), que me enredaban. Los zafé tirándome sobre ellos y haciéndolos deslizar bajo mi cuerpo.

Ahora el cielo estaba cubierto de estrellas, no puedo precisar la hora, traté de asirme a una piedra pero no pude hacerlo ya que carecía de fuerza en los brazos. Dejé entonces que las olas me arrojaran del otro lado, quedando trabado evitaba que la bajante me volviese al mar.

Quedé sentado, con medio cuerpo fuera del agua y la certeza de que sobreviviría al ahogo.

Arrastrándome llegué por fin a tierra firme, me recosté miré las estrellas y dándome vuelta besé la tierra de nuestras Malvinas, a las que sólo un milagro me había permitido llegar.

Tracé un plan de supervivencia recordando las cinco famosas palabras aprendidas años atrás que dice: ". . . Ante una emergencia PARAS y piensas:. . .¿qué me recordaba cada letra de ese PARAS?. 1°- Primeros Auxilios, 2°- Agua, 3° -Refugio, 4° -Alimentos y 5°- Señalización.

Tenía un fuerte golpe en la columna, otro en la rodilla, en el brazo y en la muñeca, los que estimé no eran de gravedad.

Mis dos problemas principales esa noche eran no morir congelado o deshidratado. Tenía que caminar como única fuente de energía propia y tomar agua dulce para sanear el agua de mar ingerida.

Me dirigí hacia el puerto que había visto desde el agua, haciéndolo en forma paralela a la costa. Logré llegar hasta la entrada de Bahía Elefante sin visualizar nada, por lo cual volví hacia el lugar donde me había eyectado, por supuesto sobre la costa, pensando que lo que había visto era una alucinación.

Al amanecer, caminé hacia la parte alta de la meseta. A lo lejos, vi humo por lo que pensé que se trataría de algún caserío, pero lamentablemente eran los restos de un avión “Dagger” de una Escuadrilla que había partido el día anterior. Continué caminando y poco después vi un vehículo, el que dudé fuese real ya que había visto cosas inexistentes, no obstante fui hacia él. Dicho vehículo estaba siendo remolcado por un tractor porque se había quedado empantanado.

Uno de ellos me vio después de llamarlo con mi silbato y me gritó:

-¡¡Mirage!! —

Contesté a gritos

— ¡¡Sí!! —

— y me contesta

— "Teniente de Navío Castro, íbamos a rescatar a otro piloto eyectado".

Cuando llegó junto a mí me abandonaron las fuerzas y caí al suelo, vinieron en mi auxilio y una hora más tarde me trasladaron en un Land Rover kelper, hasta el caserío de Bahía Elefante en donde me dieron los primeros auxilios y tomé contacto con el continente.

Allí encontré, tendido en una camilla, a uno de mis compañeros de Escuadrilla, el Capitán Díaz, quien tenía una probable fractura de columna y un golpe en el codo. Con él compartí cinco días hasta que llegó una extraordinaria misión de rescate para nosotros, organizada por la Fuerza Aérea Argentina comandada por el Capitán Uriona , a bordo de un Twin Otter T-82.

Dios me había dado la oportunidad de seguir viviendo y recordar siempre a quienes quedaron por todos los argentinos en nuestras húmedas y heladas Malvinas como testimonio de nuestro seguro y definitivo retorno.

f t g m