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CAPITULO XVII - VIVENCIAS DE UN ARTILLERO

Comodoro (R) Carballo Pablo Marcos

Compendio de “Dios y los Halcones” y “Halcones sobre Malvinas”,
del mismo autor

 CORDOBA, AGOSTO DE 2004

 CAPITULO XVII - VIVENCIAS DE UN ARTILLERO

Mientras los aviones de la Fu erza Aérea Argentina, se enfrentaban en desigual duelo a la tecnología colonialista; en la tierra, junto a su cañón, o su "fierro", como le llaman ellos, los artilleros de la Fuerza Aérea Argentina, unidos estrechamente a sus heroicos camaradas de la espec ialidad de las otras Fuerzas Armadas; producían estragos en los Harriers ingleses, que tanto les temían y que no pudieron destruir la pista de Puerto Argentino, de más de 1.250 metros de longitud; mientras nuestros Caza-Bombarderos se cansaban de impactar en las Fragatas de solo 120 metros.

Relata: Cabo Primero Ruíz - Artillero de la Fuerza Aérea Argentina

El día 1° de mayo abrimos fuego ¡ por fin !, con nuestros cañones tras una larga espera.

Era aproximadamente las 08:30 horas de la mañana cuando, gracias a la posición privilegiada que tenía nuestra pieza (cañón), vimos que los Harriers iniciaban un ataque contra las instalaciones y la pista de Puerto Argentino.

Al principio estaban lejos de la distancia en que es efectiva nuestra munición, pero en mi desesperación por repeler el ataque, les tiraba igual. De pronto uno de ellos, en su escape, ingresó en la zona de alcance de mi arma pasando al costado de mi posición. Cuando comenzó a volar sobre el mar, abandonó el vuelo bajo y ascendió, apareciendo desde atrás de una duna. En ese momento comenzó un viraje hacia nosotros, quedando en planta con la parte superior del avión, o sea la cabina, hacia mi, lo puse en el centro de la mira, estaba tan cerca que ocupaba gran parte de ella. Le hice una ráfaga corta y vi que casi todos los proyectiles daban en el blanco; mientras tanto el Soldado Porcel, de pie junto al cañón, le disparaba con su fusil FAL. Los trazantes hirieron el metal, arrojando delgadas columnas de humo por los orificios de salida.

Los soldados comenzaron a gritar:

-"¡¡¡Se cae, Cabo Primero!!!" –

mientras veíamos que el avión impactaba contra el agua y producía una especie de ebullición, semejante a la que se observa cuando sumergimos un hierro caliente en un líquido. No vimos nada más.

Siguieron sus ataques, cada vez más alejados y con mayor altura. Comenzaron a tirarnos "por sobre el hombro", como decíamos nosotros, ya que lanzaban la bomba con altura, mientras iniciaban un ascenso, y luego se iban.

Estábamos en la segunda quincena de mayo, era la mediatarde. Los Harriers continuaban bombardeando sólo en altura, pues en vuelo bajo habían sufrido muchas bajas.

Vimos pasar a dos de ellos volando muy alto, dejando una estela tras de si, fuera de nuestro alcance. De pronto uno dejó de estelar, lo que significaba que había ascendido o descendido.

Súbitamente un Soldado gritó:

-"¡¡¡Se está descolgando desde atrás de esa nube!!!". –

Lo vi y le apunté, tiré una ráfaga, quedó corta (explotó antes del blanco), era demasiado pronto.

La segunda vez que disparé hice una ráfaga más larga y me di cuenta de que le estaba pegando, por lo que seguí tirando; de pronto inició el ascenso apuntando con su nariz al cielo, mientras arrojaba sus bombas, las que cayeron muy cerca de mi posición; dos explotaron y una no.

Cuando parecía que iba a caerse hacia atrás por falta de sustentación1 explotó en una llamarada roja con mucho humo y se desintegró. Restos calcinados comenzaron a caer perezosamente, mientras una burbuja de aire caliente quedaba en el lugar donde antes había un avión.

Mientras me recuperaba de la turbación provocada por el momento vivido, escuchaba, lejana la voz de un camarada de otro cañón que informaba a los gritos:

-"¡¡¡Jefe, Jefe, Gato 2 llama; el fierrito 6 ha hecho un nuevo derribo!!!" (fierros se les llama a los cañones en nuestra jerga).

Otro día, un Harrier eligió un mal lugar para hacer un paseo.

Lo vimos pasar lateral a Puerto Argentino, a unos 3 o 4 kilómetros y 1.000 metros de altura.

Una pieza de artillería del Ejército Argentino le tiró e hizo impacto en su fuselaje.

El piloto hizo todo al revés, en lugar de buscar vuelo rasante, ganó altura, con lo que ofreció más blanco y disminuyó su velocidad.

Le siguieron pegando, vimos como "chorritos" de fuego que entraban en el aluminio.

Se perdió en las nubes y pensamos que había escapado, pero pronto lo vimos aparecer cayendo en tirabuzón, con la tobera 2 al rojo vivo; y poco después apareció el piloto, colgado de su paracaídas color naranja.

El avión entró como una tromba en el agua, hubo un burbujeo y nada más.

Uno de nuestros helicópteros despegó para rescatar al piloto, el que aparentemente venía muerto, pues no se movía, pero debió regresar por alerta roja. Una vez pasado el peligro, fueron el helicóptero y un Pucará a buscarlo, pero ya no estaba en superficie.

Pero el día que quedó marcado a fuego en mi vida y revivo constantemente, fue el 1° de mayo, cuando comenzaron las hostilidades y entré súbitamente en una guerra. Recuerdo que el Capitán Dalves, quien junto con el Capitán Savoia, recorrían continuamente las posiciones viendo que necesitábamos, se acercó al cañón del Cabo Principal Bartis, cuando un Harrier hizo un pasaje tirando con sus dos ametralladoras; inmediatamente el Soldado Claudio Viano, ascendido a Dragoneante por su comportamiento, tomó su fusil FAL y con mucho entusiasmo comenzó a tirarle al avión, mientras gritaba; -

-¡¡¡Le veo los ojitos rojos al inglés!!!

No eran los ojitos, eran las balas trazantes, que venían picando en el suelo y formando dos caminos de muerte, los que milagrosamente pasaron a ambos lados del soldado, y se perdieron detrás de él, sin hacerle el menor daño.

Evidentemente, nació de nuevo.

A la tarde, y como fin de un día inolvidable, presencié en primera fila el ataque de los Mirage V "Dagger" a tres fragatas que nos estaban cañoneando.

A dos de ellas le pegaron, (a una la hirieron muy gravemente; no entiendo porqué nunca se habló de esa Fragata, ni se la dio como averiada o hundida, cuando yo la vi explotar y quedar totalmente cubierta de humo).

Tres de nuestros halcones aparecieron sorpresivamente desde atrás del Faro, tan sorpresivamente que, de acuerdo al relato del Mayor "Picho" Fernández, al Capitán Bationi que no los vio venir, lo sorprendió el ruido de los aviones que le pasaron medio metro arriba de la cabeza.

Cuando entraron al mar, me parecía que en cualquier momento iban a comenzar a levantar agua por lo bajito que iban. Por muy poco no chocaron con dos helicópteros gringos que estaban corrigiendo el tiro de los buques.

Luego vi como los proyectiles de sus cañones impactaban en las fragatas y como sus bombas entraban limpiamente en dos de ellas, a la tercera le erró el piloto.

En la más cercana a la costa comenzó a salir humo y la otra explotó pero no se hundió.

Posteriormente se comenzaron a alejar lentamente, con su soberbia y el reuma a cuesta, pues una iba visiblemente inclinada hacia un costado; (escorada) la que le pegó el "Dagger" que iba adelante.

Quizás cuando se digan las verdades sobre esta guerra, me llegue a enterar de su nombre.

1- Sustentación: significa que el avión puede deslizarse en el aire, volar, sin caerse, sostenido por el empuje del motor, la forma de la superficie de las alas y su propia velocidad.

2 -Tobera: lugar por donde salen los gases de escape del motor

CAPITULO XVIII

24 HORAS. SIN PARECER UN SIGLO

En la guerra descubrimos que los resultados se obtienen con el trabajo de un equipo y no de los individualismos. En este relato recuerdo a todos los queridos y competentes Suboficiales de la Fuerza

Aérea Argentina.

Relata: Suboficial Principal Luján - Tripulante de C-130 Hércules

Hoy es día 16 de Mayo de 1982, son las 16:00 horas, me encuentro en el dormitorio, la radio encendida, escuchando música con el volumen bajo. El ronquido de mi compañero que duerme y los recuerdos que pasan por mi mente no me dejan dormir. Preparo dos tarjetas postales con el paisaje de Malvinas, para hacérsela llegar a gente amiga y me pongo a escribir. Observo el teléfono y recuerdo que hace aproximadamente 24 horas sonó su campanilla y en ese tiempo pasaron tantas cosas, vivimos tantas emociones que parece haber transcurrido mucho más.

Ayer escuché la voz del Cabo Principal Ramírez que nos informó que en unos minutos pasarían a buscar nuestra tripulación del Hércules. Su voz no era la misma que cuando nos veíamos en el comedor y recordábamos hechos y personajes del destino que compartíamos en el Edificio Cóndor, ya que él conocía realmente cual era el motivo de ese llamado.

En esos momentos estaba recordando a mi hogar, a mi esposa, a mis pequeños hijos y a mi madre, ya que el día anterior nuestra tripulación tuvo descanso y nos trasladaron por unas horas a Buenos Aires, donde el contacto con nuestros seres queridos nos dio más fuerzas para seguir adelante, ya que ellos serán los herederos de nuestros objetivos.

Al llegar al Aeropuerto nos comunican que nuestra misión era la de transportar a Puerto Argentino en un avión Hércules C-130 un cañón de 155 mm de calibre, de más de 12 metros de largo y aproximadamente 9.000 kilogramos de peso, además de munición, pólvora, sacos de correspondencia, medicamentos, sangre, diarios, revistas y cargas varias que habían sido solicitadas con urgencia. Esto estaba cargado en el Hércules, debido a que la noche anterior este avión trató de llegar a Puerto Argentino, pero por el accionar del enemigo tuvo que regresar.

Además llevamos a personal de artilleros de ese cañón, con un perrito mascota.

Sabíamos del riesgo de la misión, pero también sabíamos que en las Islas nos esperaban y hacía falta este apoyo logístico: el cañón, porque era imprescindible contar con una artillería en tierra de gran alcance, para no permitir que la armada enemiga continúe hostigando tan de cerca.

Sabíamos que todo era importante, desde la sangre y medicamentos que salvan vidas, hasta la humilde carta que fortalece las esperanzas.

Como el tono de voz de Ramírez, era el del conductor de la camioneta y el de aquellos que tenían contacto con nosotros en la partida llena de angustia, del temor a lo que en poco tiempo podría pasar, que gracias a Dios no ocurrió.

Salimos con la tripulación fija, que veníamos volando desde abril.

Volábamos de noche a pocos metros del agua, el Mayor Bruno y el Vicecomodoro Moro al comando de la aeronave, el Mayor Maldonado, navegador, haciendo cálculos de navegación y escape, que de acuerdo a la incursión del enemigo daba los cambios de rumbos; el Cabo Principal Figueroa en su asiento de mecánico de abordo, atento también al frente y controlando los distintos instrumentos; el Cabo Principal Fretes, Mecánico de abordo, a modo de observador miraba hacia atrás arriba del avión, utilizando el sectante a modo de periscopio, y los Suboficiales Principales Daverio y Luján quienes éramos los Operadores en ambos lados del avión en las puertas de paracaidistas.

Un artillero que llevábamos a bordo tenía mucho miedo, o mejor dicho tenía el mismo miedo que todos, pero se le notaba más; y nos manifestó que su deseo era llegar lo antes posible a destino, ya que así no estaría encerrado en el “toscano” de un avión, sin poder defenderse ni atacar.

Después de horas de tensión, con la ayuda y guía del radar, esquivando los distintos obstáculos llegamos a Puerto Argentino, en la pista completamente oscura, con ínfimas señales que nos marcaban rumbo y dimensión. El aterrizaje fue bastante arriesgado, ya que además la pista estaba mimetizada. (se habían simulado cráteres de bombas para que los ingleses creyeran que estaba inoperativa)

Al principio parecía que no había nadie, pero de a poco comenzaron a aparecer por detrás del avión.

Los motores quedaron en marcha, girando sus hélices y así efectuamos la descarga. Primero despejamos la parte inferior del cañón ya que todo lugar sobre el piso estaba cubierto de carga de todo tipo. Para bajar los proyectiles de 100 libras de este cañón sin la ayuda mecánica, la sacábamos de su embalaje y la tirábamos rodando por la rampa del avión en forma acelerada, ya que corríamos el riesgo de ser atacados; en el apuro una de las bombas cayó pesadamente sobre el pié derecho de uno de nuestros tripulantes, reventando el borceguí y salvando sus huesos por la protección de acero que tienen en la puntera de los mismos, que quedó a la vista. Una vez despejado el cañón y al querer bajarlo tuvimos un problema técnico con el guinche que se utiliza para este fin. Había que tomar una decisión inmediata ya que no teníamos margen de tiempo para recurrir a otros elementos o ayuda.

Uno de los tripulantes vio entre las sombras a un vehículo tipo Unimog, que en realidad era una ambulancia. Hicimos retroceder el vehículo entrando por la rampa del Hércules. Mientras realizábamos estas maniobras entre el ruido de las hélices, el combustible quemado que dificultaba la respiración e irritaba los ojos, sumado al temor lógico de la situación, ese momento se tornaba infernal. Al tratar de enganchar el cañón en el acople trasero del vehículo, surgió el inconveniente de que este último estaba más arriba y teníamos que levantarlo para trabarlo.

Éramos varias personas que hacíamos fuerza y no lo lográbamos. Fue entonces cuando unos de nuestros tripulantes vio que abajo y al costado izquierdo de la rampa del avión, había personas que miraban esta maniobra, unos sentados y otros apoyados entre sí sin colaborar, lo que lo alteró, gritándoles a voz en el cuello que vinieran a ayudarnos. Fue grande la sorpresa cuando estos quisieron subir al avión, pues se trataba de heridos que debíamos trasladar, que los dejaban junto a la entrada del avión para que en caso de emergencia subieran sin perder tiempo. Al ver este cuadro, quien les dijo que suban, con tono paternal, les pidió que se queden en el lugar y que disculpen el error.

Continuamos haciendo fuerza y lo pudimos enganchar.

Teníamos que sacarlo con mucho cuidado, porque de quedar cruzado en la rampa del avión, o de golpear algún elemento del mismo, corríamos el riesgo de quedarnos en la pista a merced de un ataque, perdiendo un avión y dejando inoperable la misma para otras misiones.

Uno de los tripulantes, subido al estribo del conductor, le decía al mismo las maniobras a realizar, tranquilizándolo; ya que el joven soldado que manejaba jamás había hecho algo parecido. Este tripulante al recibir por largo tiempo el chorro del motor del avión, corrió vomitando hacia adentro del Hércules, colocándose la máscara de oxígeno y llenando sus pulmones con el mismo.

Sufríamos al ver salir semejante mole de acero de casi 12 metros de largo, que parecía un parto; con el consiguiente alivio al verlo rodar sobre la pista, tirado por la ambulancia.

De inmediato subió a la "Chancha" (el Hércules) el personal herido, por sus medios quienes podían y ayudados quienes no; luego cerramos la puerta y rampa de carga del avión.

No había tiempo para armar asientos y acondicionar las camillas y aquellos que no las necesitaban se sentaron provisoriamente en el piso, siendo atados en la emergencia con una cinta de amarre a las argollas que están en la pared del avión.

Inmediatamente estábamos en el aire, volando con bruscas maniobras y rozando el agua, tensos hasta tener la seguridad que estábamos alejados de la zona de peligro.

Al llegar al Continente sentimos gran alivio, alegría y emoción; aquellos que al partir nos miraban y trataban en forma rara, cambiaron su actitud.

Desde que iniciamos nuestra carrera, en la Escuela de Suboficiales, nos hablaban de Dios, Patria y Hogar, y en estos momentos límites es cuando salen a relucir de nuestro interior estos principios, no solo pensando en uno mismo, sino en aquellos que hace unas horas recibieron lo que transportamos y continuaban allá, a los que trajimos que salieron de la pesadilla y a todo un país que está pendiente de nuestra responsabilidad.

Dios en todo momento nos está acompañando, nuestra Patria también, porque por ella hacemos esto y Hogar, porqué las imágenes de nuestros seres queridos están siempre presente en nuestros recuerdos. Ya son las 17:20 y el teléfono aún no sonó, hasta que llamen voy a tratar de descansar y soñar con la paz.

 

f t g m