Testimonio
del Teniente Coronel D Jorge Manuel Cerezo
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Grupo de
Artillería
Aerotransportado 4 |
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Los días de preparación
El 1ro de mayo de 1982, encontrándonos
en forma provisoria en las afueras de la ciudad, camino al aeropuerto,
se produce el primer ataque de la aviación inglesa sobre
Puerto Argentino, lo que provocó un cambio de planes, ya
que estábamos iniciando nuestro traslado por vía
marítima a la Isla Gran Malvina, recibiendo la orden de
ocupar posiciones al oeste de la ciudad. (A excepción de
parte del personal y material de la Batería de Tiro A que
se desplazó a Darwin, en apoyo de la Fuerza de Tareas Mercedes).
La zona elegida, faldeo de las alturas de Sapper Hill que corren
de E a O, presenta un suave declive de S a N, hacia la bahía
de Puerto Argentino (distante a unos 400 m). Hacia el E, para
nosotros la retaguardia, se encuentra la ciudad (con las primeras
casas a 600 m de nuestra ubicación). Hacia el O, para nosotros
el frente ya que en esa dirección principal quedaron apuntados
nuestros cañones, se extiende el terreno formando un gran
anfiteatro, delimitado por los cerros donde se librarían
los principales combates durante el avance del enemigo sobre Puerto
Argentino: Wireles Ridge, Longdon, Dos Hermanas, Harriet, Tumbledown,
Williams, Sapper Hill, y al fondo el Mte Kent, como un palco preferencial
que dejaba verse en los escasos días despejados, nos desafiaba
fuera del alcance de los nuestros cañones de 105 mm (Obuses
Otto Melara, alcance máximo 10.200 m).
Este paisaje constituiría nuestro hogar durante toda
la campaña, debido a que nos trasladamos desde nuestro
asiento de paz, la Ciudad de Córdoba, en avión,
solo contábamos con 4 jeeps Mercedes Benz para toda la
Unidad como único medio de transporte, imposibilitándose
de hecho los cambios de posición; una limitación
muy importante a la hora de necesitar batir un blanco fuera de
nuestro alcance, evitar ser fácilmente localizados o batidos
por la artillería naval y terrestre del enemigo, realizar
el abastecimiento de munición y movimientos de cargas pesadas;
lo que contribuyó al agotamiento físico del personal,
sumado a otros factores como el rigor del clima, las condiciones
de alimentación y el estrés propio de la situación
de peligro permanente.
Cuando estábamos instalándonos, sin contar aún
con obras de protección suficientes, recibimos el primer
cañoneo naval directo sobre la posición, con bastante
precisión, quedando algunas carpas perforadas por las esquirlas
de los proyectiles. No tuvimos bajas entre el personal ya que
conseguimos protegernos en unas formaciones rocosas sobre las
pendientes de Sapper Hill, donde, por temor a que se repitiera
el ataque, pasamos la noche a la intemperie.
Por supuesto que la primera actividad al día siguiente,
fue comenzar a construir los pozos para protección del
personal y de la munición de artillería, pero la
naturaleza nos jugaría una mala pasada.
Con las primeras lluvias vimos que fuera de la capa de turba de
unos 20 a 40 cm, el suelo se presentaba arcilloso y por lo tanto
no absorbía el agua, lo que provocó que los pozos
se inundaran, quedando tapados por el agua todo el equipo del
personal y los cajones de munición. Fue una situación
bastante crítica, ya que la moral del personal fue muy
afectada, al comprender las dificultades para revertir este revés
por la falta de medios y posibilidades de contar con un lugar
donde recuperarse a resguardo de las inclemencias del clima.
Finalmente, se improvisó en un galpón en las proximidades
del pueblo, un secadero con estufas de las llamadas "patagónicas",
donde por turnos, pasamos todo un día y la noche secando
nuestras mantas, bolsas camas y el resto del uniforme y equipo.
La munición de los cañones se recuperó de
los pozos, afortunadamente sin daño porque no había
sido sacada aún de sus envases de fábrica, consistente
en unos tubos de cartón parafinado y sellados herméticos.
Para el armamento se improvisó una mezcla de aceite diluido
con combustible lo que evitó su oxidación y permitió
conservarlo en adecuado estado de funcionamiento.
En base a esta experiencia, se decidió construir los refugios
sobre el terreno utilizando los únicos medios a nuestro
alcance, panes de turba, con los que rellenamos tambores de 200
lit, extraídos de un galpón próximo a nuestra
posición, donde se acumulaba el combustible y lubricante
para dos hidroaviones que se utilizaban como correo en las islas.
Dispuestos estos tambores, con improvisados techos de postes de
alambrados y paños de carpa, cubierto todo con varias capas
de panes de turba configuraban una suerte de "iglú",
donde se alojaban entre 6 y 8 soldados con sus suboficiales y
oficiales, sin distinción, de acuerdo al rol de combate
que les correspondía. Por supuesto que éramos conscientes
de que estos refugios eran mas que nada una protección
contra el clima, y una muy relativa contra fuego naval y de artillería
terrestre o aéreo enemigos, pero con el tiempo nos acostumbramos
y por lo menos psicológicamente nos sentíamos mas
seguros.
Todas estas actividades de preparación, las fuimos ejecutando
con el correr de los días, durante las pocas horas de luz,
soportando el mal clima permanente, el frío que comenzaba
a cobrar sus víctimas por congelamiento y pié de
trinchera, las incursiones de los Sea Harrier y bombarderos Vulcan,
las permanentes alarmas de incursiones anfibias de tropas comandos
inglesas y los infaltables cañoneos navales de cada noche.
Las posiciones de artillería, se cuentan entre las prioridades
de estas acciones del enemigo como preparación previa a
un ataque, buscando eliminar la capacidad de producirles daños
a grandes distancias durante su aproximación.
La mayoría se adaptó bien a esta permanente presión,
con el tiempo, durante los cañoneos navales nocturnos,
nos limitamos a colocarnos el casco y manteniendo contacto telefónico
con todos los puestos, actualizábamos las novedades después
de cada ráfaga, para continuar luego con el descanso. Por
supuesto que en unos pocos, estas tensiones se manifestaban a
través de problemas físicos, como el caso de un
soldado que sufría ataques de epilepsia durante los bombardeos,
y otro que padeció todo el tiempo de enterocolitis, visto
a la distancia, se comprende mejor la naturaleza humana y se es
menos duro a la hora de juzgarlos. De todas maneras no podíamos
hacer nada contra esto, salvo estar convencidos de que la suerte
o la protección de Dios, no permitirían que un proyectil
nos diera de lleno.
Toda vez que la situación lo permitía, reuníamos
al personal para almorzar en el galpón al que hice referencia
anteriormente, como una manera de mantener el contacto y transmitirles
lo que se conocía del progreso de los acontecimientos.
Esta era además la única comida importante en el
día; la cena se suprimió reforzándose el
almuerzo que se hacía lo más tarde posible por varias
razones, la distribución se complicaba durante la noche
por las medidas de seguridad en cuanto a los desplazamientos y
la prohibición de encender luces para evitar ser localizados,
el combustible disponible para cocinar era escaso (panes de turba
seca) y de bajo poder calórico, lo que prolongaba el tiempo
de cocción necesario, y finalmente, todo el personal lo
prefirió de ésta manera para evitar exponerse al
frío y la humedad permanentes, repartiéndose en
su lugar mate caliente por las posiciones.
También nos tocó vivir momentos reconfortantes,
como en alguna oportunidad que recibimos correspondencia de niños
de las escuelas que escribían dándonos su cariño
y aliento patriótico sin conocernos, o unas pocas encomiendas
con guantes, bufandas y hasta potes de cremas, que nos ayudaron
a aliviar la situación de muchos soldados que con sus guantes
ya rotos mostraban en sus manos las consecuencias del frío,
o aquella vez que recibimos la visita de un sacerdote para oficiar
una misa, aunque quedara incompleta porque nos sorprendió
una incursión de aviones enemigos.
Las tareas de preparación y mejoramiento de las posiciones
del personal y cañones eran continuas, en la espera de
lo que todos sabíamos que era inevitable, el momento de
entrar en combate.
Una vez producido el desembarco de las tropas inglesas en San
Carlos y el posterior ataque y conquista de Darwin, todos los
tiempos se acortaron, en pocos días se hizo más
intenso el fuego de la artillería naval, las incursiones
de los Sea Harrier y se sumó la artillería terrestre
inglesa, que con cañones también de 105mm pero con
17 km. de alcance superaban al de los nuestros, salvo los 2 cañones
SOFMA (de fabricación nacional) de 155mm que se disponían,
con 20 km. de alcance, lógicamente insuficientes para constituirse
en una amenaza importante, pero que se ganaron su respeto por
parte de los inglese.
La batalla final
Alrededor del 8 de junio, comenzamos a cumplir misiones de fuego,
aunque todavía en forma esporádica, lo que contribuyó
a levantar nuestra moral ya que comenzamos a realizar lo que sabíamos
hacer, a sentirnos útiles, y también a descargar adrenalina
imaginando que cada disparo nuestro causaría un daño al
enemigo.
Desde nuestra posición podíamos distinguir los movimientos
de la Batería de cañones del Grupo de Artillería
3 adelantada en la zona de Mody Broock, para obtener un mayor alcance.
A esta batería, duramente castigada por los bombardeos aéreos
y la acción de la artillería naval y terrestre inglesas,
la bautizamos "las hormiguitas", ya que ante el fuego enemigo
se replegaban rápidamente a sus refugios y cuando este se interrumpía,
nuevamente ocupaban sus puestos y continuaban cumpliendo las misiones
de fuego, ante nuestra alegría de verlos nuevamente en acción.
Desde la distancia, los puntitos que entraban y salían de sus
pozos parecían realmente hormigas en febril actividad.
El enemigo aproximaba equipos, armas y personal, al amparo de las elevaciones
del terreno y la falta de medios de nuestra parte para localizarlos
con precisión, preparando el asalto sobre las posiciones que
defendían Puerto Argentino.
En la noche del 11 de junio, comenzó el ataque generalizado,
en la oscuridad parecía un espectáculo increíble
de trazos luminosos en todas direcciones, explosiones y bengalas, que
además de iluminar el campo de combate nos indicaba el progreso
de del ataque enemigo.
Recibíamos permanentemente misiones de fuego (requerimientos
para batir blancos enemigos detectados), en un abanico de casi 180 grados,
lo que nos obligaba a frecuentes cambios en la dirección de puntería
de nuestros cañones, debiendo desenterrar las flechas (brazos
metálicos sobre los que se apoyan los cañones y soportan
la acción del retroceso del arma sobre el terreno en cada disparo),
ya que por la poca consistencia, el terreno cedía fácilmente;
en ésta actividad debían ayudarse los servicios de piezas
(grupo que atiende cada cañón) unos a otros por el esfuerzo
que exigía, lo que nos producía demoras en nuestras respuestas.
Los fuegos de contra batería (disparos de la artillería
enemiga sobre la propia artillería buscando neutralizar su acción),
no se hicieron esperar, reforzados por el fuego de los buques.
Comenzamos a tener bajas por heridos con esquirlas de las explosiones,
producidas sobre el personal que debía cumplir su misión
fuera de los refugios, transportando munición o reparando un
cable telefónico, y eran sorprendidos sin tener un pozo cerca
o un refugio donde protegerse.
La permanente actividad del combate, nos exigía mantenernos despiertos
y de pié, pero poco a poco el cansancio y el frío comenzaban
a sentirse también; no había forma de pensar en descansar,
sabíamos que el tronar de nuestros cañones alentaba y
daba seguridad a los soldados que se encontraban en primera línea.
Siempre recordaré la emoción que sentí cuando de
una fracción de infantería que se replegaba a través
de nuestra posición, alguien se acercó y con un abrazo
me agradeció por la sensación de protección que
sentían cada vez que una ráfaga de nuestra artillería
batía al enemigo que enfrentaban, éste comentario compensaba
todos nuestros esfuerzos y sacrificios al hacernos sentir que fuimos
útiles, ya que normalmente no vemos en forma directa los resultados
de nuestra acción.
En la mañana del día 12, nos enteramos que en el combate
durante la noche y por acción del fuego naval, perdieron la vida
los soldados Vallejos Eduardo de la Batería Comando y Servicios,
que ocupaba posiciones a la izquierda de mi Batería, y Romero
Eduardo de la Batería de Tiro B ubicada también a la izquierda
y adelante de mi posición. Fueron, sepultados en el cementerio
de la ciudad con la presencia del Jefe de Unidad y un reducido grupo.
A pesar de esto, puedo decir que la moral de la gente era buena. Cada
vez que se cumplía una misión de fuego sobre un blanco
importante y nos informaban nuestros Observadores Adelantados de su
resultado eficaz, podían oírse los gritos de alegría
e insultos a los ingleses.
Como en la ocasión en que se concentró el fuego de toda
la artillería propia sobre la zona defendida por el Batallón
de Infantería de Marina 5, lográndose retardar el ataque
de los Guardia Escoceses y los famosos Gurkas, o cuando se localizó
un grupo de helicópteros enemigos, en momentos en que operaban
trasladando equipo y personal y nuestros proyectiles les causaron serios
daños.
El consumo de munición era muy elevado. Recibimos un reabastecimiento,
pero los cajones quedaron sobre el camino a unos 300 metros de la posición,
por la imposibilidad de los camiones de transitar sobre el terreno blando
de turba, y además porque la posición permanentemente
era batida por la artillería enemiga, corriéndose el riesgo
que un vehículo fuera impactado y la explosión de su carga
provocara un desastre sobre la propia tropa. Esto implicó un
duro esfuerzo para el personal de mi Pelotón Transporte de Munición,
que contaba solo con 9 soldados, apenas reforzados con 3 o 4, ya que
no podían sustraerse más de las funciones específicas
que cumplían, de manera que transportaban a los cañones
los cajones de 45 kg. de peso cada uno, mientras éstos seguían
disparando y se recibía también el fuego de contra-batería
enemigo. En estas circunstancias fue seriamente herido el Jefe de Pelotón,
cabo Aguirre, pese a lo cual sus soldados continuaron cumpliendo admirablemente
con su tarea.
La ubicación de nuestra Batería, como la de todos los
objetivos importantes, era conocida por el enemigo con precisión,
por las tareas de relevamientos aéreos previos realizados, y
además porque fueron dominando todas las alturas circundantes
desde donde contaban con observación directa, permitiendo que
su artillería nos batiera con eficacia. En algún aspecto
el terreno blando nos favoreció, ya que los proyectiles se enterraban
antes de la explosión, disminuyendo notablemente la acción
de sus esquirlas.
Resultaron heridos en distintos momentos en mi Batería el Cabo
Escudero y los soldados Viveros Oscar, Gaitan Isaac, Toresani Carlos,
Gonzales Juan, Lima Edgardo, Oyola Jorge, Laurenti Omar, Poltarak Daniel.
En la mañana del día 13, la posición presentaba
un aspecto de caos, cráteres de las explosiones, los tubos contenedores
de los proyectiles y cajones abiertos tirados en grandes cantidades,
los cañones con sus flechas enterradas en el barro y fuera de
servicio algunos por la exigencia a la que fueron sometidos. La munición
que quedaba no era abundante.
No necesitábamos mucha explicación para darnos cuenta
de lo grave de la situación, nuestros fuegos se ejecutaban cada
vez a distancias menores, la acción de la artillería inglesa
se hacía sentir con mayor dureza. Encontrándome en mi
Puesto Comando con los soldados Galleto y Canteros, telefonista y operador
de radio respectivamente, alcanzamos a escuchar el silbido típico
de los proyectiles en el aire que se acercan, instintivamente nos arrojamos
al piso cuando en instantes se produjo una explosión en la entrada,
recibiendo heridas en la espalda los dos soldados, unos segundos más
y por la altura donde se incrustaron las esquirlas, literalmente nos
partían en dos. En circunstancias similares, cae muerto el soldado
Pizarro Nestor de la Batería de Tiro B.
Hacia el atardecer del día 13, los 6 cañones de la Batería
B habían quedado fuera de servicio, recibiendo la orden de destruir
el material y replegarse sobre mi posición; el personal de la
Batería Comando y Servicios recibió la orden de replegarse
sobre el Puesto Comando del Grupo. De mis 6 cañones, 2 estaban
fuera de servicio y dos habían quedado con sus flechas tan enterradas
que no lográbamos sacarlas, limitando esto el campo de tiro de
esas piezas hacia una sola dirección.
Podemos decir que estábamos todos sobre las últimas piezas
en servicio, ayudando en el abastecimiento de munición, abriendo
los cajones, cargando, disparando. Hasta me sorprende en un momento
el Cabo Quiroga, cocinero, cargando un proyectil en una pieza.
Entre las últimas misiones de fuego recuerdo que tirábamos
sobre Mody Brook, que la teníamos a la vista, observando y corrigiendo
el tiro desde la misma posición. No contábamos mas con
nuestros Observadores Adelantados. A la Sección de Artillería
Antiaérea ubicada a nuestra retaguardia, se le ordenó
ejecutar fuego terrestre sobre la misma zona. Personal de las unidades
que habían estado ocupando las posiciones de primera línea,
nos sobrepasaban replegándose rumbo a la ciudad.
Los cañones fueron inutilizándose, al punto de quedar
en servicio solo la 3ra pieza, se ordenó entonces pausa de fuego
ante la situación incierta que teníamos al frente. En
un nuevo fuego de contrabatería, nos encontramos varios arrojándonos
al mismo pozo, solo que estaba inundado mojándonos por completo
el equipo. Había comenzado a nevar, así que desafiando
todo sentido de la seguridad, nos reunimos los mojados en mi Puesto
Comando y encendimos fuego para secarnos.
Al amanecer del día 14, con un manto blanco que cubría
toda la superficie, nos sorprende una fracción desplegada que
a muy corta distancia avanzaba hacia nuestra posición, ante la
falta de información de sí se trataba de propia tropa,
pedí verificarlo por radio con el Puesto Comando de la Unidad,
de donde nos informan que no quedaban fracciones propias adelantadas.
Ante esta situación se intentó abrir fuego con puntería
directa con la 3ra pieza, pero nos damos con la sorpresa que había
quedado un proyectil atascado desde la última misión de
fuego, no logrando ponerla nuevamente en servicio.
Se desata entonces un intenso fuego de artillería enemiga sobre
nuestras posiciones, batiendo incluso las zonas pobladas, que hasta
entonces no habían sido alcanzadas. Anulada nuestras posibilidades
de continuar cumpliendo misiones de fuego y quebradas todas las líneas
de defensa, recibimos la orden de destruir el material y replegarnos
solo con nuestro armamento individual a la ciudad, a un punto próximo
al cementerio. En el camino nos cruzamos con una compañía,
del Regimiento de Infantería 25 según recuerdo, que había
recibido la misión de ejecutar un contraataque.
Las últimas imágenes que retengo de esos momentos, son
los cuerpos de algunos de nuestros soldados alineados en el suelo del
cementerio, esperando ser sepultados, testigos mudos de los cruentos
combates, azotados por la nieve y el viento. Luego, las lágrimas
viriles que dejamos brotar los oficiales reunidos en un semicírculo
con nuestro Jefe de Unidad, el Teniente Coronel Quevedo, cuando nos
anunció el cese de fuego y que comenzaba a pactarse la rendición.
Aún después de todos estos años, con solo cerrar
un instante los ojos, puedo dibujar en mi mente cada lugar en el que
quedaron todos los esfuerzos, sacrificios, pequeños y grandes
actos de heroísmo y también de miserias, que ocurren en
toda situación donde el ser humano se ve exigido al máximo
de sus posibilidades y enfrentando la muerte en cada instante, de un
grupo de hombres, 73 soldados, 26 suboficiales y 4 oficiales, que formábamos
la Batería de Tiro C del Grupo de Artillería Aerotransportado
4.
Desde aquel 1982, revivimos cada año en el mes de junio los momentos
vividos en aquella gesta, y rendimos homenaje a nuestros muertos y heridos,
confundiéndonos en un abrazo con los Veteranos de la Unidad,
cuadros y soldados, que vuelven orgullosos con sus esposas e hijos,
aún desde los lugares más alejados donde se encuentran,
hasta los cuarteles de nuestro Grupo de Artillería en la ciudad
de Córdoba.
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Relato extraído del Libro "Así peleamos" |
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