RELATA: Capitán
DONADILLE (Piloto de Mirage V "DAGGER")
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21 de Mayo de
Dagger al Ataque
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Difícil
es combatir contra medios tremendamente superiores, como loes también
encontrarse lejos de todos, semicongelados, con frío... y
sólo.
RELATA: Capitán DONADILLE (Piloto de Mirage V "DAGGER")
Ayer recibí una encomienda de casa con cartas una bufanda
y chocolates; las cartas, especialmente las de mis hijos, me emocionan
cada vez más (Es muy grande la ternura y el apoyo a su
padre que de ellas se desprende. Mi hija mayor me recomienda que
les "acomode" lo mejor posible las bombas a los ingleses).
Me dejo que el resto de mis camaradas se dé cuenta del
efecto que me hacía la correspondencia generalmente las
leo a solas y una sola vez.
Con respecto a los chocolates el destino quiso que lo pruebe muchos
días después y en el lugar de donde salieron, mi
hogar.
Hoy (21 de Mayo) en nuestra Base de Operaciones amaneció
con el cielo limpio y un sol brillante.
Yo debía mantenerme en alerta para una probable cobertura
aérea (cubrir a otros aviones que ataquen) como Jefe de
Sección (2 aviones).
Apenas ingresados a la Sala de Pilotos, recibimos la noticia de
que los ingleses estaban desembarcando en la Isla Soledad dentro
de la Bahía San Carlos que da al estrecho del mismo nombre.
Debimos cargar inmediatamente todos los aviones con bombas a fin
de atacar a los navíos "piratas"
Hubo una gran confusión inicial, corridas, herramientas
que no se encuentran, órdenes, nervios, etc. . . una nube
de mecánicos y armeros pululaba entre los aviones.
Dos escuadrillas de tres aviones cada una iniciaron sus preparativos
para el despegue, de acuerdo a una orden fragmentaria emanada
de la F.A.S. (Fuerza Aérea Sur) responsable de la planificación
de las misiones operativas.
Yo debía salir en la segunda "oleada", por lo
que colaboré con los de la primera.
Despegaron, un nudo en el estómago y la espera de los que
salieron y mi hora.
Tiempo después los tuvimos en la pantalla del radar, volvían
todos.
Aterrizaron, comentaban sus experiencias a los gritos, con los
nervios todavía tensos como una cuerda de guitarra: -"El
fuego antiaéreo era infernal ", "San Carlos está
saturado de buques", etc.
Indudablemente estábamos ante un desembarco con todas las
reglas, pues habían visto más de diez navíos.
Mientras repasaban los aviones, (dos estaban bastante agujereados),
me preparé junto con el Mayor PlUMA y el ler. Ten. SENN
para salir (Este último fue alumno mío y yo le enseñé
a volar).
Absorbíamos toda la información tratando de no olvidarnos
nada, pues un piloto en misión de combate no debe llevar
nada que en caso de eyección sirva como información
al enemigo, frecuencias, tipos de formación, armamento,
meteorología en ruta, zonas de eyección, todo confiada
a nuestra memoria.
Nos colocamos nuestros pesados equipos (ropa interior de lana,
pullover, antiexposición para sobrevivir en el agua botas
de vuelo anti-G para soportar las tremendas aceleraciones, chaleco
salvavidas, equipo de supervivencia, arneses, campera de vuelo,
casco el toque personal en mi caso de una gruesa bufanda con los
colores del Grupo Aéreo. Cierro mi cúpula, quedo
aislado del mundo exterior y del viento helado, inmerso solamente
en mi universo de indicadores, comandos, palanca, instrumentos
e interruptores, que comienzan a cobrar vida a través de
mis manos.
Por los auriculares de mi casco llega la voz nasal deformada por
la máscara de oxígeno del N0 3 de mi escuadrilla
"Ratón 3" listo para la puesta en marcha.
No escucho al 2, el tiempo apremia, recuerdo respetar los horarios.
-! Al diablo! si no está listo, se queda y doy la orden
de poner en marcha de inmediato.
Entre el silbido de las turbinas escucho al 2 remolón que
me pide que los espere. (Evidentemente no quiere perderse la misión
por nada del mundo).
Como la otra escuadrilla ya está lista le digo que salga
primero para cumplir el horario de entrada al blanco.
Una vez que tomamos suficiente velocidad de sustentación,
tras haber despegado angustiosamente en los últimos metros
de pista, dejamos atrás la costa con sus gaviotas y nos
adentramos en el mar.
La voz impersonal del radar me confirma que estoy en el rumbo
correcto.
El buen tiempo también queda atrás, al frente observo
gruesos nubarrones.
Descendemos con nuestros aviones a diez metros de altura sobre
el agua y a ochocientos kilómetros por hora, las olas perladas
de espuma y de un color azul plomizo tienen un aspecto amenazante.
¡Atento a la izquierda, ahí están los cascotes!
(primeros islotes), me avisa el 3.Efectivamente, entre una capa
de stratus (nubes bajas) y deformadas por una tenue llovizna aparecen
las pequeñas islas que nos sirven de referencia, estamos
adelantados veinte segundos y algo desviados. Minutos después
estamos sobre la Gran Malvina; el tiempo empeora, la llovizna
ya es lluvia y la visibilidad en algunos tramos disminuye en forma
alarmante, lo que me hace temer por la zona montañosa y
nuestro vuelo bajo.
Con un vistazo a ambos lados veo a los numerales balanceándose
a mi misma altura.
- A tres minutos del blanco, le aviso
- ¡Acelerando, ya! y coloco mi acelerador hacia adelante
sin conectar la post combustión (potencia adicional).
Nos deslizamos cada vez más rápido, sobre un terreno
ondulado y amarillento, enmarcado de cerros y bajo una luminosidad
gris oscura, proveniente de un cielo sombrío y encapotado.
- A un minuto y medio -mis músculos se contraen mientras
instintivamente me inclino hacia adelante en mi pequeña
cabina, concentrándome en la mira de tiro, que a través
de sus signos luminosos me muestra el suelo peligrosamente cercano.
Si salgo bien no necesitaré hacer virajes y daremos una
ventaja menos.
¡¡¡Atento, avión a la derecha!!!, me
sobresalta la voz alterada del 3.
A un costado, con el mismo rumbo, pero 300 metros más alto
veo la silueta de un Sea Harrier.
Presiento a otro detrás nuestro (En realidad estimo que
fueron más de cuatro los que nos interceptaron).
Casi al mismo tiempo el Inglés nos vio y viró picando
hacia nosotros
¡Eyectar cargas y virar por derecha! Ordené enfrentándolo.
Uno de mis hombres duda, repito la orden, ahora sí caen
sus cargas externas (bombas y tanques) mientras su avión
aliviado salta hacia adelante, cruzándose en mi línea
de tiro, luego sale de ella.
El Británico mantiene un rumbo convergente al mío
y una suave picada.
Tanto peor, comienzo a disparar desde unos setecientos metros
de distancia, pienso que las llamaradas de mis cañones
lo asustan pues bruscamente pica hacia el terreno; mis disparos
le pasan por arriba, perdiéndose en el vacío.
Inclino las alas y con una picada al timón> trato de
bajar la nariz de mi avión para evitar que mi blanco se
escurra por debajo.
Comienzo a tirar de nuevo esperando que el Harrier se "coma"
algunos de mis proyectiles.
¡Atento al suelo que se acerca rápidamente!.
Veo pasar bajo mi vientre un largo fuselaje azul marino, enmarcado
por dos gruesas tomas dé aire de donde nacen dos cortas
y anchas alas en flecha.
Palanca al estómago ¡Ojo con la patinada! mientras
siento que la aceleración me aplasta contra el asiento,
y el traje me oprime el vientre y las piernas.
Veo por mi izquierda pasar a uno de mis numerales como una exhalación
en un viraje muy cerrado y a nivel. Invierto el avión,
quedando cabeza abajo y lo veo alejarse con las toberas al rojo
vivo por la post combustión.
Un ruido seco y no muy fuerte (Como quien rompe una bolsa de papel
inflada) e instantáneamente mi avión se enloquece
apuntando al cielo, luego se inicia un tremendo movimiento oscilatorio
de nariz, hacia arriba y hacia abajo, que por momentos me aplasta
contra el asiento o me deja flotando entre la basura que se levanta
del piso.
De pronto, inicia un rapidísimo tonel en vuelo paralelo
al piso (increíblemente vienen a mi mente las épocas
en que pertenecía a la
Escuadrilla de Acrobacia de la Escuela de Aviación Militar).
La palanca de comandos está floja, sin vida
Ante la cercanía del suelo la situación y velocidad, pensé
que había llegado el fin de mis días en la tierra y me
invadió un gran cansancio, pero inmediatamente sobrevino una
rebelión interior y accioné la palanca de eyección
inferior.
Una vez más el buen Dios me protegió y salí en
momentos en que mi avión no apuntaba hacia abajo.
Se abrió el paracaídas y en segundos estaba tocando en
forma no muy elegante la Gran Malvina.
Agradecí al Señor pues salvo la visión que por
la velocidad con que había saltado estaba muy afectada, escondí
el paracaídas y me alejé del lugar, mientras escuchaba
a los cañones de mi avión, caído a unos trescientos
metros, que se disparaban solos.
Esperando a un Harrier que me buscaba, caminé medio congelado
durante una hora y cuarto siguiendo una línea de postes telegráficos,
mientras rezaba a la Virgen María y a su hijo agradeciendo el
estar aún con vida.
Encontré un viejo arado rompí un portón, saqué
dos tablas largas y armé un pequeño refugio para aislarme
de la humedad pues ya anochecía.
Llené una bolsa de arpillera que estaba junto al arado con pasto
y me preparé a pasar la noche más larga de mi vida. Y
verdaderamente lo fue, sería mucho escribir el relatar todo lo
que pasó por mi mente esa noche, pensé en mis hijos y
mi señora, a quién faltaban diez días para entrar
en la fecha de nacimiento de nuestro sexto hijo (Ana Paula nació
el 17 de Junio), sobre el destino de mis compañeros de Escuadrilla
y los que quedaron en la Base, la cual parecía tremendamente
lejana ahora y en el frío. -un frío tremendo que me parecía
venía a oleadas, el cual me impidió dormir en esas interminables
horas y a la vez brindar un sonoro concierto de entrechocar de dientes
en ese solitario paraje.
Pero estaba lúcido y bastante entero sabía en donde me
encontraba, y el terreno que pisaba; tenía una gran confianza
en Dios y en mí (¡algo tenía que poner yo también!).
Además a pesar de que mi situación no era muy envidiable
me reconfortaba el reflejo de incendios que intermitentemente observaba
en la panza de los stratos bajos (nubes), del otro lado de la montaña
que marcan el inicio del estrecho San Carlos, pues sabía que
ahí únicamente había barcos ingleses; Dios me perdone
pero sin tener nada en contra de los ingleses como personas, estaba
contento porque esos reflejos que cambiaban de intensidad me indicaban
que gracias a mi Fuerza Aérea, la reina tenía menos súbditos
y material de guerra.
Junto con la claridad se disiparon mis dudas sobre si me podría
levantar o no por algún problema en la espalda o cintura pues
no tuve mayores inconvenientes en pararme.
En aras de la brevedad, ese día caminé unos veinticinco
kilómetros a brújula y guiándome por mi memoria
y conocimiento de la geografía de la isla llegando por fin alrededor
de las tres de la tarde a Puerto Howard, en donde había un regimiento
de nuestro Ejército. Más muerto que vivo por el cansancio
y con principio de deshidratación, pero bastante entero en el
resto, me animaba el hecho que podría enterar a mi familia y
camaradas, de que todavía no había pasado a ser solamente
un recuerdo en esta tierra.
Sentí una gran emoción en la formación del 25 de
mayo en Puerto Howard, y gran orgullo también pues en el momento
que se celebraba ésta, pasaron dos Dagger más bajo que
las piedras y a máxima velocidad; orgullo repito pues le señalé
a mis camaradas presentes: "Esos son de los míos".
Luego de varias peripecias más, que conjuntamente con otros argentinos
metidos en el tema tuvimos que sortear, algunas de ellas por demás
interesantes, conseguí cruzar a Puerto Argentino cinco días
después. Casi a fin de mayo, pude volver al continente, lleno
de orgullo por mi Fuerza pues verdaderamente presencié Lo que
estaba haciendo y había hecho durante el conflicto, no sólo
por parte de los aviadores sino también por todo el resto del
personal de Oficiales, Suboficiales y Soldados, que dieron más
que algo por la Patria.
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"MATICES" ( Libro": Halcones sobre Malvinas"Cap.
Pablo Carballo) |
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