Norberto
O.Poletti Teniente (Rva.) Fuerza Aérea
Abril 2002
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RELATO
DE UN ROA EN MALVINAS
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Comienza a partir del 6 de abril de 1982, cuando soy convocado
por la Fuerza Aérea Argentina, para cubrir tareas de
escucha en el espectro radioelectrico en la IX Brigada Aérea
en Comodoro Rivadavia .
Con el correr de los días, esta tarea se fue intensificando,
a medida que la flota británica se desplazaba hacia las
islas del sur.
El día 20 de abril llegan a la IX Brigada un contingente
de radioaficionados, todos ellos cordobeses, que fueron convocados
para cubrir tareas como integrante de la Red de Observadores
del Aire (ROA) en las Islas Malvinas.
Todos ellos (desconocidos por mi hasta ese momento), llegaron
a la Pcia. de Chubut con un envidiable patriotismo y una dosis
de aventura, cubiertos con algunos medios para las tareas que
tendrían que realizar (prismáticos, cuchillos,
velas, etc.) y por supuesto con los equipos de comunicaciones
propios para utilizarlos en las comunicaciones con el Centro
de Filtraje en puerto Argentino.
Recuerdo que en esa tarde lluviosa en que llegaron, y luego
de las presentaciones, nos reunimos con ellos en una cena en
el centro de Com.Rivadavia, precisamente cerca de la Terminal
de Omnibus.
Fue allí, donde conversando con ellos, el orgullo que
transmitían, y la envidia que me producía, hizo
que al otro día le solicitara permiso a nuestro Jefe,
en aquel entonces el Vice Comodoro. Zabala, para cubrir un puesto
en las Islas que había quedado vacante. Luego de mucho
insistirle, me autorizo a viajar con los colegas radioaficionados
a Malvinas, donde me tendría que ubicar en el faro del
aeropuerto; lugar que como me comentaban, era propicio para
mí, ya que no contaba con implementos de supervivencia
como los que traían los cordobeses, para pasar una semana
en puestos de campaña; solo tenia mi ropa personal, un
uniforme de combate, y mis equipos de comunicaciones.
Finalmente arribamos al Aeropuerto de Islas Malvinas el día
20 de abril, al atardecer. Fue suficiente el viaje para que
dentro de la ruidosa bodega del Hércules, la sana camaradería
de los cordobeses, me integraran como un amigo más; manteniendo
hasta la fecha un estrecho vinculo afectivo con todos ellos.
En ese atardecer soleado, y con las ultimas luces del día
fuimos recibidos en el Aeropuerto por el Gobernador de las Islas
General Menéndez y por el Brigadier Castellanos, quien
nos guió hasta el hangar que hasta pocos días
antes fuera ocupado por los Marines británicos. Este
enorme galpón también lo compartíamos con
los integrantes del Grupo de Operaciones Especiales (GOE) de
la Fuerza Aérea.
En los dos días que pasamos en este lugar, intercambiábamos
experiencias, con ellos donde también colaborábamos
con el ensamble de los helicópteros Bell 212, que llegaban
parcialmente desarmados en los C-130. Fue imposible para mi
conciliar el sueño en esa primer noche en Malvinas. El
clima de euforia, sorpresas y temor vencieron mi cansancio.
La noche del segundo día, ya más distendido, me
entregaba totalmente a un reparador sueño, hasta que
el galpón fue sacudido por una fuerte explosión,
una sección del GOE, con rapidez se desplazó con
cautela, hacia el lugar donde se originó este acontecimiento,
quedamos despiertos a la llegada de este grupo, el que al arribar
informó a sus superiores, que se trató de una
mina antipersonal, que estalló, posiblemente por haber
sido accionada por uno de las aves que revolotean sobre la zona
, avutardas, cisnes, gaviotas, etc.
Ya muy despiertos, y sin posibilidades de conciliar nuevamente
el sueño, nos quedamos tomando mate con ellos, mientras
nos mostraban las ventajas de los visores nocturnos en lo cerrado
de la noche.
El 24 de abril comenzó el despliegue de los primeros
grupos ROA, quienes eran llevados a sus puestos en los helicópteros
Bell 212, único medio posible de llegar a los lugares
ya determinados. Los medios de transporte terrestre, todos 4x4
eran ineficaces para transitar fuera de los caminos, incluso
para los imparables Unimog.
El 25 nos toca a nosotros. Al atardecer abordamos el helicóptero,
y luego de 15 minutos de vuelo nos deja en la cima del Cerro
Salvador, al norte de Puerto Argentino, a 980 pies de altura.
Ya anocheciendo, alrededor de las 17:00 hs. tuvimos que acelerar
la tarea del armado de la carpa, para que no nos tome la noche
a la intemperie. La sorpresa fue que al querer colocar el sobretecho,
este era de color naranja. Decidimos por nuestra seguridad armar
solo la primera parte, es decir sin el sobretecho. Mi esperanza
de estar operando mis propios equipos de comunicaciones desde
el faro del aeropuerto se vieron frustradas, de la misma manera
que mis limitadas posibilidades para hacer supervivencia durante
un largo tiempo, ya que yo no contaba ni con una navaja multiuso.
Eran mis compañeros, el Cabo de la Banda de Música
Jorge Lanza y el Soldado Francisco Frontini.
Mi puesto, el M9 era el único puesto POA que no estaba
formado por un grupo de radioaficionados, que generalmente eran
dos, con la compañía de un soldado para la defensa
del puesto. Este puesto, M9 tenia dos soldados, ya que aparte
de las tareas ROA en informar al CIC (Centro de Información
y Control) en Puerto Argentino, debíamos tener operativo
un radar de campaña Elta, con su correspondiente batería
y grupo electrógeno.
Al amanecer del primer día en la cima del cerro hicimos
los primeros aprestos del puesto, mientras Jorge y Francisco
preparaban la puesta a punto del Elta, yo instalaba la estación
de radio dentro de la carpa, notando que debido a la altura
que teníamos, eran posible comunicar con Puerto Argentino
con el Handy de VHF, sin utilizar la alta potencia del equipo
VHF base.
Al otro día, alrededor de las 10 de la mañana,
uno de los puestos ROA informa que su lugar esta fuertemente
azotado por una violenta tormenta de lluvia, granizo y viento.
No lo podíamos creer , nos miramos perplejos, ya que
nosotros disfrutábamos de un café, en una mañana
tranquila y soleada.
La realidad de Malvinas no se hizo esperar, en poco más
de 5 minutos estabamos dentro de la carpa sujetando los parantes
para que no se doblaran ante el fuerte viento. Allí,
y por primera vez notamos como en muchas otras oportunidades,
que cuando temblaba el piso de turba y césped, debajo
del piso de nuestra carpa, era porque el viento superaba los
80 kilómetros por hora. Fue nuestra primera experiencia
fuerte, cuando nuestra carpa de alta montaña de primera
marca, y sin sobretecho quedó hecha jirones, con los
parantes destruidos, y nosotros envueltos en las lonas para
no mojarnos y luego, buscando refugio detrás de un montículo
de piedras, caminando de espalda al viento, agazapados, que
era la mejor forma de avanzar, es decir, retrocediendo.
Recién al otro día con la llegada del Bell recibimos
una nueva carpa especial, con sobretecho verde, que nos acompaño
hasta el final de nuestra campaña.
Los días transcurrieron sin demasiadas alternativas,
todos eran preparativos, mejorar el enmascaramiento del puesto,
y el rendimiento de los equipos de comunicaciones, hasta que
llegó el 1ro. de Mayo.
Allí nos vimos sacudidos a la madrugada por las 20 bombas
de 1000 libras lanzadas por los Vulcan en la zona del aeropuerto.
Entraron por el sur, no siendo vistos desde nuestro puesto.
El trafico radial se intensificó. En uno de esos mensajes
nos enteraríamos que entre las primeras bajas se encontraba
un soldado de Capital Federal, que había integrado por
unos días uno de nuestros puestos ROA, con el que estuve
conversando en varias oportunidades, y que luego, por su pedido
fue llevado nuevamente al aeropuerto. Era el soldado Guillermo
Garcia.
Ese largo día fue la bisagra que cambio nuestra experiencia,
de una tranquila vida de campaña, donde lo único
que nos afectaba eran las condiciones climáticas, a la
extrema experiencia de encontrarse en el medio de un conflicto
con una potencia fogueada de experiencia en muchos años
de conflictos bélicos.
Ya casi no comíamos, no dormíamos, la noche era
una terrorífica experiencia, donde nuestra carpa era
un bocado para cualquier comando ingles, que nos quisiera tomar,
en nuestro vistoso puesto, con radar incluido en la calva cima
de un alto cerro malvinense.
El 1ro. de mayo fue un día de un clima atípico,
soleado y casi sin viento, con una visibilidad ilimitada desde
nuestro puesto.
Los partes de la ROA eran constantes, los Sea Harrier ya eran
vistos permanentemente por nosotros. Fue uno de los únicos
días en que volarían bajo, ya que luego de las
bajas sufridas por la artillería antiaérea, luego
apenas los veríamos o escuchábamos a muy alta
altura, la mayoría de las veces estelando, y lanzando
sus bombas sin precisión.
El atardecer de ese interminable día soleado, vemos sobre
el horizonte hacia el noreste un grupo de grandes embarcaciones,
que se acercan rápidamente hacia la costa que nuestro
puesto cubría.
La velocidad de estas grandes embarcaciones era tal que en cuestión
de 1/2 hora ya los teníamos tan cerca que podíamos
divisar los detalles más importantes. Nuestro parte ya
había sido enviado al CIC, y lo que luego ocurrió
fue como estar presenciando un espectáculo desde las
primeras filas.
La artillería de ejercito, comenzó a disparar
sus obuses a estos buques, cabe destacar que nosotros estabamos
en el cerro, sobre la vertical de la trayectoria de tiro, así
que escuchábamos el silbido de estos proyectiles , pasándonos
por arriba, y luego nos llegaba el ruido de los disparos.
El grupo de estos grandes barcos, se alejo rápidamente
de la costa, todavía recuerdo el día soleado,
que con esa excelente visibilidad nos permitió ver cuando
ya se alejaron, el ataque de los aviones de Fuerza Aérea,
que parecían trozos de papel de aluminio suspendidos
en el aire, flotando sobre algunos de los barcos. No se escuchaban
ruidos, debido a la distancia, sí algunos destellos que
iluminaban el atardecer.
Ya se había puesto el sol, y nos sorprendió un
fuertísimo resplandor sobre el horizonte Atlántico,
hecho que posiblemente coincidió con la explosión
o el hundimiento de una de la Fragatas inglesas.
Este largo día no iba a terminar. Los comentarios que
hacíamos sobre nuestra experiencia, ya en la noche, nos
tenia excitados, fue temible haber visto semejantes barcos tan
cerca nuestro.
Terminamos todo el café que nos quedaba, y aprovechamos
la bondad climática de esa noche para estar fuera de
la carpa. Cerca de medianoche vemos movimientos raros sobre
la costa sur . Estaba iluminada por los faros de varios Land
Rovers, todos ellos apuntando hacia el mar.
Nuevamente nuestro Parte de Observación comunica esta
novedad, y luego de un tiempo, vemos como se ilumina toda la
zona, por efecto de las bengalas con paracaídas que hicieron
de día el lugar. Los vehículos se dispersan rápidamente,
y decidimos que a partir de esa noche, reforzaríamos
la guardia de nuestro puesto, ya que era evidente que se esperaba
un desembarco de Comandos Ingleses.
Conciliar el sueño, era posible solo de a ratos, ya que
la tensión aumentaba día a día, la radio
no dejaba de escucharse, y el Elta funcionaba permanentemente,
con el consiguiente ruido del grupo electrógeno.
El clima cambió bruscamente a partir de ahí. Los
vientos se acrecentaron las lloviznas eran constantes, el frío
aumentaba, y había días enteros en que no se veía
mas de unos pocos metros debido a la niebla.
Esto impidió que durante largas jornadas no recibiéramos
el apoyo logístico del siempre esperado Bell, con combustible,
provisiones agua y noticias. Ya extrañábamos a
estos oficiales, con los que con el tiempo mantendríamos
una relación de amistad, en especial con los Mayores
Kahiara y Pergolini.
Uno de los puestos, el M2 retransmitía en VHF las noticias
de Radio Carve, que desde Montevideo llegaba con buena señal
a las islas.
El terror de las largas noches nos superaba; de la misma forma
que influye estar sobre una isla, sin posibilidades de evasión
o escape.
Un ventoso amanecer, sin visibilidad nos confunde. Permanentemente
se escuchaban ruidos de motores, cerca de nuestra carpa, parecía
que fuera un desembarco cerca de nuestra posición. Hasta
pasamos esta novedad al Centro de Filtraje. Era como si estuviéramos
emplazados cerca de una avenida. Cuando la niebla desaparece,
nos damos cuenta de lo que sucedía.
El efecto del viento norte, producía un fuerte oleaje,
y este, al romper sobre la costa de pedregullo causaba el ruido
de motores.
Los vuelos de Harriers eran a diario, detectamos que la mejor
forma de escucharlos en los días ventosos o con niebla
es dentro de la carpa, ya que el efecto acústico era
mas claro que en el exterior, donde el fuerte viento nos imposibilitaba
conocer el rumbo de las aeronaves.
El 4 de mayo el Bell se acerca a nuestro puesto, uno de nuestros
partes POA indicaba que habíamos visto un posible Pucara,
que volaba bajo, con desperfectos, y aparentemente se estrelló
al sudoeste de nuestro puesto .
Me subo al helicóptero, para guiarlos a la zona donde
creíamos había caído la máquina,
y me encuentro con el Mayor Kahiara y un grupo del GOE, dos
de los cuales ya nos habíamos conocido en nuestra corta
estancia en el hangar del aeropuerto. Recorremos los cerros
malvinenses, a muy baja altura, copiando la geografía
del terreno. Al llegar a la costa podemos ver gran cantidad
de avutardas, desde la baja altura puedo apreciar lo que parecía
ser un bosque submarino, con sus hojas y fuertes troncos meciéndose
bajo las frías y transparentes aguas. Luego me enteraría
que es la clase de algas a la que se le llama "kelper".
Pasamos en vuelo rasante por dos establecimientos ingleses,
de los que no se nota actividad de personal civil. Regresamos
al M9, y finalizamos la tarea, sin haber encontrado al avión
siniestrado.
Los días pasaban, el clima empeoraba, y el repliegue
de varios puestos se intensificó. La totalidad de mis
compañeros cordobeses, pasaron toda su campaña
con la misma ropa que trajeron desde Córdoba, es decir,
camisa, vaqueros, camperas, y zapatillas, dado que no se les
pudo conseguir los uniformes que se les prometio. El factor
tiempo nos afectaba a diario. Nuestra permanencia en las islas
estaba programada por una semana, y ya llevábamos casi
un mes sin relevos.
El clima empeoraba, y ya era necesario vestir permanentemente
con los calzoncillos largos, y los abrigos de matelacé
que nos habían provisto en la IX Brigada..
El contingente con los relevos para nuestros puestos tuvieron
que regresar al continente luego de dos fallidos intentos de
acercarse a las islas, al ser interceptados por la aviación
inglesa.
Para mediados de mayo ya son pocos los puestos POA originales
que permanecen en sus lugares. Muchos fueron replegados a Puerto
Argentino, y algunos ya regresaron al continente. El clima y
la tensión, hace sus efectos. En nuestro puesto nunca
faltaron alimentos, hasta teníamos un cajón de
uvas, que el frío mantuvo en buen estado. Nuestras ametralladoras
Halcón se oxidaron solo de estar dentro de la carpa.
El radar Elta resulto ineficaz, debido a que el fuerte viento
en nuestra altura torsionaba la rotación de la antena
giratoria, produciendo constantes lecturas falsas.
Ya hace tiempo que no nos quitamos la ropa ni los botines a
la noche, Los Alerta Roja informando sobre tropas o vuelos en
los distintos lugares de las islas hace que en cualquier momento
del día o la noche tengamos que abandonar las carpas,
y, en nuestro caso, refugiarnos en lugares que ya habíamos
predeterminado, por supuesto que a la intemperie, para protegernos
de las bombas
| A pesar que contábamos con suficientes
víveres, la falta de agua se hacia notar. A esa altura
del cerro cuando levantábamos un panel de turba, al poco
tiempo se formaba un piletón de agua. Lamentablemente no
nos servia ni para lavarnos. La dureza del agua hacia que no levantara
espuma con el jabón, y era muy difícil de enjuagar,
dejando las manos pegoteadas. |
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Nuestra frustración se agrava el 7 de mayo, cuando finalmente
un Bell se acerca para proveernos de agua, y víveres. Al
tenerlo casi a la vista, una rápida niebla se acerca desde
el norte, y cubre el cerro en pocos minutos. Escuchamos el helicóptero
orbitar a pocos metros de nuestras cabezas, y luego de varios
intentos, nos informan por radio que regresaran a la base por
no poder ver un sitio seguro para aterrizar.
Pasan los días, y los ataques aéreos ingleses se
incrementan. Finalmente en un Bell que en una tranquila mañana
se acerca a nuestro puesto me indica la tripulación por
radio que debo abordarlo, sin perdida de tiempo, y me uno a ellos,
dejando mis equipos y mis pertenencias. La idea era poder estar
un día en Puerto Argentino, para asearme, y descansar.
La llegada a P.Argentino, fue aterrizando en el hipódromo,
donde operaba el helipuerto. Allí nos esperaba el Vcom.
Aranda, quien estaba a cargo de la ROA. Recorrimos distintos lugares,
donde inspeccionamos los grandes cráteres que producían
las bombas inglesas, eran enormes piletones con agua. Nos favorecía
el hecho que al ser esponjosa la turba, las bombas penetraban
lo suficiente como para amortiguar los daños en su periferia.
El paisaje del aeropuerto había cambiado totalmente desde
mi partida. La zona se encontraba plagada de cráteres,
El galpón que habíamos ocupado en los primeros días
estaba destruido. El edificio del aeropuerto seriamente dañado
todavía estaba ocupado, se había rodeado de bolsas
llenas de tierra, piedras o arena.
Mientras hacíamos esta recorrida suena la alarma aérea,
y el movimiento de personal se agita para cubrirse o tomar sus
puestos.
Escuchamos explosiones, y vemos volar montículos de tierra.
El espectáculo impresionaba, lo que en una primera visita
a ese lugar recordaba como un desfile de personal, helicópteros,
Hercules, Fockers sobre la pista, mezclando el agradable olor
del JP1 con el aire malvinense, se transformó en un caos;
gritos, ordenes, y corridas.
Eso duró muy poco tiempo. Vemos como comienzan a auxiliar
a las primeras víctimas. En una Pick Up Ford el VCom Aranda
nos traslada el centro de P.Argentino. Allí pasamos por
el edificio del Instituto Ionosférico, donde funcionaba
nuestro Centro de Filtraje, con el Suboficial Portal y Gustavo
Lezcano. Cruzamos en el vehículo el recorrido angosto que
nos dejaría en un importante edificio, sobre el centro,
donde estaba emplazado el CIC.
Mi sorpresa al llegar a este lugar, con el Suboficial Mayor Alfredo
Ocampo, es que en su interior, en el primer piso, se encontraba
la mayoría de los cordobeses que habían integrado
los distintos puestos., Luego de los saludos y comentarios sobre
nuestras experiencias, mi debilidad por encontrar un poco de agua
para higienizarme, superó mi paciencia, y pregunto donde
hay un baño. Cuando llego a él, veo sobre la puerta
un cartel que dice "Para Oficiales Solamente". No dude
en entrar, la rapidez de mi decisión fue paralela a mi
desengaño, ya que de las canillas no salía agua.
Pasado el mediodía, nos llevan a Ocampo y a mí,
a la cocina de este edificio, que luego me enteraría era
la casa del Gobernador Inglés. Allí, y por primera
vez luego de largas semanas sin interesarme por alimentarme, el
olor a comida que salía de esa cocina me cautivó.
Todavía recuerdo los dos platos de fideos calientes que
comí en esa oportunidad. Es de notar que aunque en el puesto
M9 nunca nos faltaron alimentos, para esta fecha yo ya había
perdido 8 kilos.
La actividad de esa tarde se limito a recorrer algunos lugares
del centro, ya que era para mí la primera vez que estaba
en esta zona.
Mi idea era comprar algún rollo de película, ya
que había agotado el único que tenia.
Al no conseguirlo, regreso al edificio, y me encuentro con la
novedad de que mis colegas cordobeses, habían partido al
aeropuerto. Un Hércules logró burlar el bloqueo
ingles, cosa que se repitió casi a diario, y la orden era
que los ROA tendrían que abordarlo.
Un Capitán me informan que tengo que estar con ellos en
media hora, explico que mi situación es distinta; mis pertenencias
y mis equipos de radio están en el Puesto MIKE 9, pero
la orden es de repliegue al continente.
Un Unimog que estaba en la escuela, a metros de ese lugar, me
lleva al aeropuerto. Al pasar por el Centro de Filtraje nos encontramos
con el resto de mis compañeros. En ese lugar, el Padre
Pacheco, nos da la bendición antes de descontar el tramo
final al aeropuerto.
Ya en camino, guiados por el VCom. Aranda, en la pick up, apreciamos
con melancolía y por ultima vez el paisaje malvinense.
En el aeropuerto, colaboramos con la tarea de ayudar a cargar
las camillas con heridos graves que llegan en distintas ambulancias.
Suena la alarma y nuevamente todo el mundo desaparece. El comandante
del C-130 corta el combustible de los cuatro motores, y antes
que las hélices dejaran de girar, no queda nadie sobre
la pista.
Permanecimos unos eternos minutos, queriendo enterrarnos en la
turba, o desaparecer de ese lugar, pero nada sucede, o es falsa
alarma o el bombardeo no se produjo. El comandante grita que en
cuanto los motores estén en marcha nuevamente, dejara el
lugar. Mientras se completa la tarea de carga al avión,
escucho que alguien me llama. Me costó reconocerlo, con
la barba crecida, sucio como nosotros, muy delgado. Era Nicolás
Kazansew, que para la televisión argentina estaba como
único periodista cubriendo el lugar, acompañado
del camarógrafo Lamela. Extiende su mano con un casete
de video, me pide que lo lleve , y que una vez que arribe a Comodoro
Rivadavia se lo entregue solo al Brigadier Crespo.
Una vez asegurada la carga y las camillas con los heridos, sobre
el piso, el Hercules comienza a rodar, finalmente despega, tomando
altura tan rápidamente, que alguno de los heridos, se queja
de dolor.
Ya cuando hace un giro sobre el aeropuerto, vemos a través
de los vidrios, y por última vez, la pista, rodea de sus
enormes cráteres.
La mayor parte del viaje , se hizo en completo silencio, era mucho
lo que dejábamos, amigos, recuerdos, una parte nuestra
quedaba en las islas.
El Hércules volaba tan cerca del agua que parecía
que las crestas de las olas lo acariciaban. El vuelo a esa altura
producía tanto movimiento, que yo creí no poder
contener la cantidad de fideos que había saboreado pocas
horas antes.
Las dos horas del cruce se hacían interminables, finalmente
alguien grita que ya se ve costa argentina. Con las últimas
horas de ese día, aterrizamos en Comodoro Rivadavia. No
hubo festejos; todos habíamos cambiado, nos sentíamos
entre tristes y melancólicos, aunque por primera vez en
mucho tiempo, a salvo.
Finalmente mi puesto, el Mike 9 fue destruido por un misil antiradar,
y con él mis equipos y pertenencias. Uno de los integrantes
falleció debido a las heridas recibidas.
El POA M7 integrado por Julio Rotea y Terciano Sampieri, permaneció
en su lugar hasta el fin del conflicto. Estos valientes cordobeses
fueron capturados por los ingleses en Darwin, y embarcados al
continente junto con otros prisioneros.
El hecho curioso de estos ROA, es que disimulados en sus ropas
pasaron un equipo de VHF desarmado, y luego lo utilizaron para
comunicar con colegas del continente, cuando la distancia se los
permitió, mientras permanecían prisioneros.
Norberto O.Poletti
Teniente (Rva.) Fuerza Aérea
Abril 2002
Medalla: El Honorable Congreso de la Nación a los Combatientes
(26/11/1985)
Medalla: Al Servicio Distinguido en Tiempo de Guerra (2/4/1986)
Diplomas:
Fuerza Aérea Argentina " Batalla Aérea por
las Islas Malvinas" (1/1/1985)
Fuerza Aérea Argentina "Distintivo de Campaña
2 " (1/1/1985)
Fuerza Aérea Argentina "Comando Aéreo de Defensa"
(10/8/1982)
Fuerza Aérea Argentina "Estado Mayor General - Jefatura
1 Personal" (20/10/1982)
Fuerza Aérea Argentina "Dectreto 629/91 Grado Teniente
de Reserva" (5/11/1991)
Comisión Nacional de Telecomunicaciones "Resolución
21/93" (2/4/1993)
Fuerza Aérea Argentina "Instructor ROA" (9/12/1998)
INTEGRANTES DE LA RED DE OBSERVADORES DEL AIRE EN ISLAS MALVINAS
M1 LORE CARLOS
M1 FONT ENRIQUE |
M7 MALEH EDUARDO
M7 ROTEA JULIO |
M2 RAMIREZ ABEL
M2 PARETS ROBERTO |
M8 MANSILLA JULIO
M8 SAMPIERI TERCIANO |
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M3 NAJERA JORGE
M3 RIDELNIK SERGIO |
M9 POLETTI NORBERTO
M9 CBO,LANZA JORGE
M9 SOLDADO FRONTINI FRANCISCO |
M4 ESCUTTI RAFAEL
M4 MONTI LUIS |
M10 CONSIGLI RICARDO
M10 OLIVIER JUAN LUIS |
M5 DEL PINO MANUEL
M5 GUEVARA ENRIQUE |
CD S.AUX.PORTAL ALVARO |
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M6 BOTTIN RAUL
M6 DIAZ ERIO OMAR |
CD LESCANO GUSTAVO
RO BIASOTTO CARLOS
RO S.MAYR. OCAMPO ALFREDO |
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